El artificio sonoro más divisivo de la televisión, el “laugh track” (la risa grabada), nació de una necesidad técnica. Sus orígenes se remontan a la radio, donde se grababan las carcajadas de rutinas cómicas para que el oyente solitario en su casa sintiera que estaba acompañado por otros espectadores. Con el salto a la televisión, la técnica se replicó como una forma de ayudar en esa transición en la que el espectador no iba a ver una película o un programa en compañía de otras personas. Las risas falsas nacieron con la idea de crear una sensación de comunidad.
Pero, además, el laugh track se volvió indispensable debido a las limitaciones de las producciones que se filmaban delante de una audiencia. I Love Lucy fue la que marcó el camino, que vino con la novedad de filmarse a tres cámaras y, por primera vez, con audiencia en vivo. Parecía la solución para eliminar esas risas pregrabadas pero había un problema: las carcajadas naturales de la audiencia.

Las risas muchas veces sonaban a destiempo o se extendían demasiado y complicaban los rodajes. Ahí fue cuando apareció el ingeniero de sonido que lo cambió todo, Charles Douglass. Eran los años 50 y este señor se encargó de tomar la idea de las risas pregrabadas en la radio y convertirla en una máquina que pudiera usarse en los sets de televisión. Así nació la famosa “Laff Box” (la caja de la risa), un dispositivo que tenía el tamaño de un minibar y estaba compuesto por teclas que emitían sonidos de risas.
La Laff Box contenía 320 variaciones de risas categorizadas por género y edad, y hasta un pedal con el que Douglass regulaba la duración e intensidad de la reacción. El invento era tratado con un secretismo casi paranoico y Douglass no solo no permitía que nadie viera el interior de la caja, sino que también se encerraba a solas para repararla si se trababa durante el trabajo. Con este dispositivo apareció también lo que se conoce como “sweetening”, es decir, un mecanismo que consistía en suavizar las transiciones de las risas para que no arruinaran el audio de una escena.
Más allá del éxito de I Love Lucy (1951-1957), para la década del 60, la norma eran los programas filmados con una sola cámara y sin audiencia en vivo. El público había sido, en la mayoría de los casos, totalmente reemplazado por esas grabaciones de Charles Douglass, especialmente porque al usar solo una cámara, grababan varias tomas de una misma escena y las risas en vivo no podían compaginarse de forma natural.
Pero fue esa artificialidad la que empezó a incomodar. Hasta en dibujos animados como Los Picapiedras llegaron a usar el invento de Douglass, por lo que para los 70 y los 80, series como Cheers volvieron a recurrir al público en vivo, asegurando haberse grabado con espectadores para remarcar el hecho de que la audiencia que se escuchaba era real. Pero así y todo, esas risas grabadas (que pronto iban a ser digitalizadas y no depender del laff box) seguían siendo necesarias para “suavizar” las transiciones.
Mientras que para algunos el laugh track era necesario para contagiar esa risa, para otros se volvió una molestia. La ciencia ha intentado descifrar si estas risas son realmente necesarias. William M. Kelley, neurocientífico de Dartmouth College, realizó estudios para ver cómo reaccionaba el cerebro ante los chistes y descubrió que las regiones cerebrales que se activan al entender un chiste y al reaccionar ante él operan de forma casi idéntica, con o sin el estímulo sonoro de fondo. Hizo su estudio analizando la actividad cerebral viendo episodios de Seinfeld (que tienen risas grabadas) y Los Simpson (que no las tienen) y el comportamiento cerebral fue similar.
El declive del laugh track comenzó en los 90 con la ola de cambios impulsada por HBO y se consolidó en los 2000. Por esos años, todavía iban a aparecer clásicos apoyados en las grabaciones como Seinfeld y Friends, pero en HBO empezaron a experimentar con sitcoms que no tuvieras risas, como Dream on. Uno de los mayores cambios implicó el dejar de tener que pensar en estructuras rígidas donde hubiera una construcción narrativa que concluyera con un remate.
Y aunque siguieron existiendo ejemplos de series que recurrieron al laugh track, como The Big Bang Theory o Two and a half men, empezaron a dominar las series que confiaban más en que el espectador iba a entender dónde reírse sin necesidad de que se lo marcaran, como The Office, Malcolm in the middle o Modern Family. Sí, la risa es contagiosa y, probablemente, termines riéndote aunque no sepas por qué gracias al uso de un laugh track. Pero confiar en la inteligencia de tu audiencia siempre es más valioso.