Italia arrastra desde hace décadas un problema persistente: la baja participación de las mujeres en el mercado laboral. Lejos de mostrar avances sostenidos, los datos más recientes confirman que el país continúa rezagado frente a sus principales socios europeos.
En 2024, solo el 53,2% de las mujeres en edad de trabajar tenía empleo, lo que deja una brecha de 17,8 puntos respecto de los hombres. En países como Francia, Alemania o Reino Unido, el empleo femenino supera el 66% y la diferencia de género es considerablemente menor. La distancia no solo es estadística, sino también estructural.
El diagnóstico es contundente. Como advirtió Linda Laura Sabbadini, reconocida estadística italiana y ex directora central del instituto nacional de estadísticas, además de haber presidido el grupo Women 20 del G20, Italia se encuentra en una situación crítica. Su afirmación no surge de una opinión aislada, sino del análisis de los datos incluidos en el informe del observatorio SVIMEZ W20, que ubican al país entre los más rezagados del G20 en empleo femenino y evidencian dificultades estructurales para integrar plenamente a las mujeres en el mercado laboral.

El problema trasciende la cuestión de la igualdad. La baja participación femenina tiene efectos directos sobre el crecimiento económico. El Banco de Italia sostiene que reducir esta brecha podría aumentar el Producto Interno Bruto en torno al 10%, al ampliar la base de trabajadores y mejorar la productividad general.
En un contexto de bajo crecimiento y con una deuda pública que supera los 3,1 billones de euros, el empleo femenino aparece como una de las pocas herramientas disponibles para sostener la economía a largo plazo. A esto se suma un factor demográfico clave: Italia tiene una de las tasas de natalidad más bajas del mundo y una población que envejece rápidamente, lo que incrementa la presión sobre el sistema económico y social.
El problema adquiere una dimensión aún más compleja cuando se observa el mapa interno del país. En regiones del sur como Basilicata, Sicilia, Calabria o Campania, la cantidad de mujeres fuera del mercado laboral supera a la de aquellas que trabajan, incluso si se excluye a quienes estudian.
Esta diferencia refleja una fractura profunda entre el norte y el sur. Mientras las regiones más desarrolladas presentan indicadores más cercanos al promedio europeo, el sur concentra niveles de inactividad femenina significativamente más altos. En la práctica, Italia funciona como dos realidades laborales distintas dentro de un mismo país.
Uno de los factores más determinantes detrás de estos números es el rol de los cuidados. Entre las mujeres de 25 a 34 años, una proporción muy elevada de la inactividad se explica por razones familiares, mientras que entre los hombres ese motivo es marginal.
Esto evidencia que las responsabilidades vinculadas a la maternidad y al cuidado del hogar siguen recayendo de manera desproporcionada sobre las mujeres. La situación resulta aún más paradójica si se tiene en cuenta que, en ese mismo grupo etario, ellas presentan en promedio un nivel educativo superior al de los hombres, lo que implica una pérdida de capital humano para la economía.
Incluso cuando acceden al empleo, muchas mujeres lo hacen en condiciones más inestables. El trabajo a tiempo parcial involuntario tiene una incidencia particularmente alta, sobre todo en el sur, y supera ampliamente el promedio de la Unión Europea. Esta situación se vincula en gran medida con sectores como el turismo y la hospitalidad, donde la precariedad es más frecuente.

A esto se suma la brecha salarial, que se mantiene tanto en el norte como en el sur del país. En promedio, los hombres perciben ingresos diarios significativamente más altos que las mujeres, incluso en empleos permanentes, lo que refleja una desigualdad persistente en el acceso a mejores condiciones laborales.
La primera ministra Giorgia Meloni ha señalado en reiteradas ocasiones la necesidad de aumentar el empleo femenino como parte de una estrategia para impulsar el crecimiento. Sin embargo, los avances han sido limitados y las decisiones recientes han vuelto a poner el tema en discusión.
La negativa del gobierno a avanzar con una reforma que proponía licencias parentales igualitarias, pagas y no transferibles entre hombres y mujeres, bajo el argumento de restricciones presupuestarias, expuso las dificultades para implementar cambios estructurales. El contraste entre el diagnóstico del problema y las políticas adoptadas revela una tensión que sigue sin resolverse.

Italia se ubica en el puesto 11 dentro del G20 en materia de empleo femenino, por detrás no solo de las principales economías europeas, sino también de países como México, Brasil y Sudáfrica. Este dato refuerza la idea de que no se trata de una cuestión coyuntural, sino de un problema estructural de largo plazo.
Como señaló el economista Luca Bianchi, el mercado laboral es la única herramienta capaz de modificar de manera sustancial el futuro demográfico del país. En ese sentido, la inclusión de más mujeres en el trabajo no aparece solo como una cuestión de equidad, sino como una condición necesaria para sostener el desarrollo económico y social en las próximas décadas.