El 1 de abril de 1979, Irán dejó atrás siglos de monarquía y se convirtió en una república islámica tras un referéndum que marcó un antes y un después en su historia. La decisión llegó pocas semanas después de la caída del sah Mohammad Reza Pahlavi, cuyo gobierno había acumulado años de descontento social, político y económico.
El triunfo del “sí” en la consulta popular consolidó el liderazgo del ayatolá Ruhollah Jomeini, quien regresó del exilio y se convirtió en la figura central de un nuevo sistema que combinó instituciones estatales con autoridad religiosa.
Durante gran parte del siglo XX, Irán había sido un aliado estratégico de Occidente, especialmente de Estados Unidos, bajo el mando del sah. Su gobierno impulsó un proceso de modernización que incluyó reformas económicas y sociales, pero también estuvo marcado por la represión política y la desigualdad.

El creciente malestar derivó en protestas masivas a fines de la década de 1970. Sectores religiosos, estudiantes, trabajadores y opositores políticos confluyeron en un movimiento que terminó por derribar al régimen. La revolución no solo cambió el liderazgo del país: modificó su identidad. Con la proclamación de la República Islámica de Irán, el poder pasó a estructurarse bajo el principio de la autoridad religiosa, con el líder supremo como máxima figura.
El modelo instaurado en 1979 combina elementos republicanos con una fuerte base teocrática. Existen elecciones y órganos de gobierno, pero las decisiones clave están supervisadas por autoridades religiosas. El líder supremo, cargo que durante más de tres décadas ocupó Alí Jamenei, concentraba amplios poderes sobre el Estado, las fuerzas armadas y la política exterior. Su muerte en febrero de 2026 marcó el fin de una era en Irán y abrió una etapa de transición cuyo rumbo todavía está en desarrollo.
La revolución iraní tuvo consecuencias que trascendieron sus fronteras. Alteró el equilibrio de poder en Medio Oriente y marcó el inicio de una relación conflictiva con Estados Unidos y otros países occidentales. A lo largo de los años, el país ha estado en el centro de disputas vinculadas a su programa nuclear, sanciones internacionales y su influencia en la región. Al mismo tiempo, dentro de sus fronteras persisten debates sobre libertades individuales, derechos y el rol del Estado.
Las protestas recientes muestran que, más de 40 años después, la sociedad iraní sigue atravesada por tensiones entre tradición, religión y demandas de cambio.

La proclamación del 1 de abril de 1979 no fue solo un cambio de gobierno. Fue el inicio de un modelo político que continúa moldeando la vida de millones de personas y que mantiene a Irán como un actor central en la escena internacional. Entender ese momento permite comprender también el presente: un sistema que nació de una ruptura profunda y que, más de 40 años después, enfrenta el desafío de reinventarse sin perder su identidad.