El fenómeno de las "familias de alquiler" llegó al cine a principio de año de la mano de Hikari con una película protagonizada por Brendan Fraser que muestra a un norteamericano que se suma a una empresa de trabajo que ofrece actores para cumplir diferentes roles en eventos cotidianos. Pueden ser desde falsas bodas hasta ser contratados para llorar en funerales.
El ir a un funeral de un desconocido a llorar por plata no es nuevo. Esta práctica, lejos de ser una excentricidad moderna, tiene sus raíces en la antigüedad de Egipto, China y el Medio Oriente. En la actualidad, empresas como Envisage en el Reino Unido o plataformas en redes sociales ofrecen actores entrenados para asistir a velorios, con el objetivo de aumentar la concurrencia, brindar apoyo emocional o, simplemente, proyectar una imagen de mayor popularidad y estatus social para el fallecido.
Históricamente, el papel de estos profesionales ha sido fundamental para validar la importancia del difunto ante la comunidad. En el antiguo Egipto, por ejemplo, la labor estaba estrictamente regulada y reservada a mujeres sin hijos, quienes debían tatuarse nombres de diosas para simbolizar una conexión espiritual. En la antigua Roma, la magnitud de los lamentos y el desgarro de vestiduras eran proporcionales al prestigio de la familia. Esta herencia cultural sobrevive hoy en regiones como Rajasthan, India, donde las rudaalis son contratadas para llorar públicamente durante días, ya que el nivel de aflicción mostrado refleja directamente la relevancia social de la estirpe.
En la actualidad, la labor se ha vuelto más sutil y estratégica, adaptándose a las necesidades de un mundo que a veces prefiere la discreción. Los actores modernos investigan la vida del fallecido antes del servicio para construir un "personaje" creíble que pueda interactuar con los invitados reales sin ser descubierto. Su función no solo es llorar, sino ofrecer condolencias y compartir anécdotas ficticias pero respetuosas. En países como Inglaterra, estos servicios se ofrecen por tarifas por hora para evitar la penosa imagen de un funeral vacío, garantizando que el último adiós tenga el marco de respeto y compañía que la familia desea proyectar.

Convertirse en un doliente profesional requiere, más que un título, una gran capacidad histriónica y una discreción absoluta. Aunque no existe una certificación oficial, muchos de estos trabajadores provienen del mundo del teatro, ya que deben ser capaces de llorar a pedido y conversar con desconocidos de manera natural. Con pagos que pueden variar entre los 35 y los 500 dólares por evento, este oficio es una de las tantas muestras de que, a veces, la realidad supera a la ficción.