Una imagen captada desde el espacio profundo volvió a poner en foco una problemática persistente en el Atlántico Sur. Fotografías tomadas desde la cápsula Orion, en el marco de la misión Artemis II, dejaron al descubierto la masiva presencia de buques pesqueros extranjeros operando en el límite del mar argentino.
Las imágenes fueron difundidas por el comandante de la misión, Reid Wiseman, y muestran una intensa mancha lumínica sobre el Atlántico Sur. Lejos de tratarse de un fenómeno natural, lo que captaron las cámaras fue la concentración de cientos de barcos pesqueros en la denominada Milla 201, justo en el borde de la Zona Económica Exclusiva argentina.
Según el análisis del físico y astrónomo Guillermo Abramson, la visibilidad de esta flota desde una distancia cercana a los 400.000 kilómetros se explica por el tipo de embarcaciones: buques poteros que utilizan potentes luces para atraer al calamar durante la noche.

La escena no es menor. La intensidad lumínica generada por estos barcos es tal que puede ser detectada incluso desde misiones espaciales en tránsito lunar, una postal que sintetiza la escala industrial de la actividad.
Cada uno de estos buques está especializado en la captura de calamar Illex argentinus, una especie clave para el ecosistema del Atlántico Sur. La operatoria consiste en atraer a los cardúmenes con iluminación artificial y capturarlos mediante sistemas mecanizados.
La magnitud de la pesca es significativa: cada embarcación puede extraer decenas de toneladas por día, lo que en conjunto representa cientos de miles de toneladas por temporada en esa franja marítima.
La mayor parte de estas flotas proviene de Asia, particularmente de China, lo que implica operaciones a más de 20.000 kilómetros de sus puertos de origen. No se trata de incursiones aisladas, sino de una estrategia consolidada de pesca en aguas distantes.
Estas embarcaciones funcionan como verdaderas factorías flotantes, muchas veces asistidas por buques frigoríficos que permiten procesar y almacenar la captura sin regresar a puerto, extendiendo su permanencia durante meses en alta mar.

Especialistas advierten que la presión sobre el calamar tiene efectos directos sobre el ecosistema. Se trata de una especie de vida corta, altamente sensible a las condiciones ambientales y fundamental en la cadena alimentaria marina.
INIDEP ha señalado en distintas investigaciones la relevancia de este recurso para el equilibrio del Mar Argentino. En esa línea, la ex jefa del programa de cefalópodos, Marcela Ivanovic, advirtió que su explotación intensiva puede afectar la biomasa y la dinámica del ecosistema.
La particularidad es la cercanía: estas capturas se realizan a pocos kilómetros del límite de la ZEE, lo que implica un impacto potencial sobre recursos que migran hacia aguas bajo jurisdicción argentina.

El fenómeno se complejiza con el uso de banderas de conveniencia, una práctica mediante la cual embarcaciones de origen chino operan bajo pabellones de otros países para evitar controles o diluir responsabilidades.
Datos de la Prefectura Naval Argentina indican que, de cientos de buques monitoreados en la zona, una parte significativa utiliza este tipo de estrategias. Países como Vanuatu o Camerún aparecen como banderas registradas, aunque detrás de ellas operan capitales y tripulaciones chinas.
Investigadores como Milko Schvartzman advierten que estas prácticas suelen estar asociadas a incursiones ilegales dentro de la Zona Económica Exclusiva y a maniobras para evadir sistemas de control.

Las fotos de Artemis no revelan un fenómeno desconocido, pero sí le otorgan una visibilidad inédita. Desde el espacio, la actividad pesquera en la Milla 201 aparece como una concentración luminosa comparable a una ciudad.
Esa imagen resume un problema estructural: la dificultad de regular la pesca en alta mar, la presión de flotas industriales sobre recursos migratorios y los límites del control estatal en zonas donde la soberanía se diluye.
A pocos kilómetros del mar argentino, pero fuera de su jurisdicción, cientos de barcos operan sobre especies que no reconocen fronteras. Esta vez, la escena no fue registrada por patrullajes ni radares, sino desde casi 400.000 kilómetros de distancia.
Y aun así, lo que mostró resulta imposible de ignorar.