Javier Milei tuvo un martes incómodo y eligió la salida más conocida: redoblar. El INDEC informó una inflación de 3,4% en marzo, con 9,4% acumulado en el primer trimestre y 32,6% interanual. Los regulados subieron 5,1%, educación trepó 12,1% y transporte 4,1%, empujado entre otras cosas por combustibles, transporte público y pasajes aéreos.
En ese contexto, el Presidente abrió su discurso en la Camara de Comercio de los Estados Unidos en Argentino (AmCham) con una frase fuerte: “el dato no me gustó y me repugna”. Después avanzó hacia la explicación política. Dijo que la suba respondió a “la corrida cambiaria” y al “ataque destituyente de la política”, y fue todavía más lejos: “No fue gratis el ataque especulativo y el intento de la política de generar un golpe de Estado.
Se desplomó la demanda de dinero con las tasas volando por los aires, el riesgo país en 1.500 y el tipo de cambio acercándose al techo de la banda”. También sostuvo que el Congreso pasó “más de 40 leyes intentando romper el equilibrio fiscal” y que, aun así, el Gobierno mantendrá el rumbo.
La escena tuvo otro detalle político importante: Milei cerró el evento acompañado por Manuel Adorni, a quien ubicó en la comitiva oficial y en primera fila, como una nueva señal de respaldo en plena crisis. La Casa Rosada ya venía multiplicando gestos para sostenerlo, y AmCham agregó otra foto a esa secuencia. En lugar de revisar el desgaste de las últimas semanas, el Gobierno eligió exhibir unidad y blindaje.
El discurso dejó pocas concesiones y ninguna autocrítica. Milei defendió el plan económico, prometió que “la inflación se va a desplomar” y que la economía retomará “el fuerte sendero de crecimiento”, habló de recuperación de la demanda de dinero y de récords de actividad, consumo y exportaciones. La hipótesis de un Milei más empático, más dispuesto a registrar los costos del ajuste y a revisar algo del libreto, duró apenas hasta que tomó el micrófono. Apareció el de siempre: ataque a la política, defensa cerrada del programa y apuesta a la paciencia como respuesta.
También hubo silencios que pesan. No apareció mención alguna sobre el impacto del encarecimiento del petróleo y de los combustibles en medio del conflicto entre Estados Unidos e Irán, uno de los factores que el propio Gobierno había señalado durante la jornada para explicar el número de marzo. Tampoco hubo una respuesta precisa sobre qué sectores van a empujar el crecimiento más allá del entusiasmo general por el RIGI y las inversiones. Quedó flotando la promesa de que la economía va a crecer, pero sin una cartografía productiva clara sobre empleo, salarios y expansión del resto del tejido económico.
Por eso la novedad del día terminó siendo la ausencia de novedad. A diferencia de quienes quieren ver un nuevo Milei “empático” la terquedad sigue siendo la moneda de cambio. El dato de inflación obligaba a otra cosa: una revisión, un cambio de tono, una explicación más completa sobre los límites del programa y sobre los costos que empiezan a hacerse visibles. Milei ofreció otra vez una escena de fe. La política tiene la culpa, la teoría económica sigue intacta, el ajuste continúa y el futuro va a ordenar lo que el presente desmiente. Esa elección lo devuelve a su versión más conocida. Frente al problema, el método sigue siendo el mismo: cerrar filas, sostener a Adorni y redoblar.