La decisión de víctimas de los llamados “falsos positivos” en Colombia de acudir a tribunales argentinos marca un nuevo capítulo en la internacionalización de la Justicia. El pedido apunta a mantener abierta la causa contra Álvaro Uribe, en un intento por evitar el cierre de un expediente que consideran clave para el reconocimiento de responsabilidades. El movimiento no solo tiene impacto judicial, sino también político en toda la región.
El trasfondo del caso remite a uno de los episodios más sensibles del conflicto colombiano, donde miles de civiles fueron ejecutados y presentados como bajas en combate. Aunque la Jurisdicción Especial para la Paz ha avanzado en investigaciones, sectores de víctimas sostienen que el proceso aún no alcanza a todas las responsabilidades. La búsqueda de justicia fuera del país surge como respuesta a esa percepción de límites internos.
El recurso a la justicia argentina se apoya en el principio de jurisdicción universal, que permite investigar crímenes de lesa humanidad sin importar dónde ocurrieron. Este mecanismo ya tuvo un precedente clave en América Latina con el caso de Augusto Pinochet, cuya detención en Londres abrió un camino que hoy vuelve a ser utilizado. La estrategia de las víctimas busca replicar ese antecedente para sostener la presión judicial.
Sin embargo, el contexto actual introduce diferencias relevantes. A diferencia de otros procesos históricos, el caso involucra a una figura con peso político vigente en Colombia, lo que eleva la tensión institucional. Además, la coexistencia con un sistema de justicia transicional activo genera fricciones sobre la legitimidad de la intervención externa. El debate ya no es solo jurídico, sino sobre soberanía y alcance del derecho internacional.

El avance de este tipo de causas suele tener un efecto más reputacional que inmediato en los mercados. En el corto plazo, no se esperan alteraciones significativas en variables económicas, pero sí puede influir en la percepción de estabilidad institucional. En escenarios donde la justicia se percibe como fragmentada o superpuesta, los inversores tienden a incorporar un factor adicional de cautela.

Al mismo tiempo, la activación de jurisdicciones externas en contextos políticos polarizados ha mostrado en otros países un aumento en la litigiosidad y en la presión sobre el gasto público vinculado a reparaciones. Esto se observa con mayor frecuencia en marcos donde sectores de izquierda impulsan una expansión del alcance judicial internacional. El desafío para la región es equilibrar justicia y previsibilidad sin trasladar el conflicto al plano económico.