El Gobierno atraviesa una semana que vuelve a dejar al descubierto el desgaste acelerado de su relato. Ya no se trata solamente del caso Manuel Adorni -a quien por ahora deciden sostener a cualquier costo- ni de la difusión de la masiva lista de créditos otorgados por el Banco Nación a funcionarios de La Libertad Avanza. El problema de fondo es más profundo: empiezan a resquebrajarse, uno por uno, los pilares sobre los que Javier Milei construyó su legitimidad política.
Se empieza a desvanecer aquella idea de un gobierno distinto, inmune a las tentaciones del poder y ajeno a los privilegios de la política tradicional. Aunque todavía lejos de las graves acusaciones que durante años golpearon al kirchnerismo, la corrupción dejó de ser una palabra ajena al universo libertario y comenzó a instalarse con fuerza en la conversación pública.
A eso se le suma el golpe económico. La inflación de marzo volvió a ubicarse por encima de lo esperado y perfora otro de los ejes centrales del relato oficial: la promesa de una desaceleración sostenida de los precios.
En otras palabras, el Gobierno empieza a perder sus dos principales banderas: pureza moral y baja de la inflación. Ni pureza. Ni desinflación.
Al presidente Javier Milei ya no le quedó demasiado margen más que el reconocimiento del problema. Primero lo hizo en la Televisión Pública y luego en una publicación posterior al dato del INDEC. Su último mensaje fue ante el numeroso auditorio convocado en el encuentro de la Cámara de Comercio de Estados Unidos en Argentina.
El 3,4% de marzo no es sólo un dato económico. Es, sobre todo, un dato político.
Porque la economía comienza a impactar directamente sobre la confianza y sobre la capacidad del Gobierno de sostener su narrativa. La pregunta ya no es exclusivamente económica: es cuánto falta para que esto se transforme en crisis política.
Los intendentes fueron los primeros en leer el nuevo clima. Son quienes están a cargo de la primera ventanilla del Estado y quienes perciben antes que nadie la temperatura social.
No es casual su movilización frente al Palacio de Hacienda. El reclamo por fondos retenidos es real. Las cajas municipales están exhaustas, tanto como la de los contribuyentes, que cada vez tienen más dificultades para cumplir. La presión social se siente primero en los territorios.
Pero detrás del reclamo económico también aparece otra escena: la construcción del mapa político de lo que muchos ya imaginan como el post experiencia libertaria. Varios de esos intendentes ya no sólo gestionan; empiezan también a proyectarse.
Saben que 2027 -o incluso antes- puede abrir una nueva etapa.
La foto de unidad en el reclamo, sin embargo, no está claro que pueda replicarse a la hora de establecer puntos en común para construir la sucesión de Axel Kicillof en la provincia de Buenos Aires.
Hay datos a seguir con detenimiento. Como pocas veces se recuerda, la multiplicidad de posibles aspirantes sólo dentro del peronismo excede la decena de nombres.
Entre los barones del conurbano se ha popularizado la encuesta mensual que realiza desde hace años la consultora CB Consultora Opinión Pública, que mide la imagen de los alcaldes. Es una verdadera tabla de posiciones, convertida también en competencia interna. El que queda primero se encarga de hacerlo saber; quien ocupa el último puesto busca por todos los medios que el dato pase lo más desapercibido posible.
Se convirtió en un insumo más de una puja histórica que, como definió uno de ellos, encuentra el escollo entre pasar de ser “monotributistas” a sociedades políticas más amplias.

En el último ranking, de los ocho intendentes que encabezan la lista, al menos cinco son mencionados como probables candidatos a suceder a Axel Kicillof. Según ese sondeo, el primer lugar fue para Federico Achával, intendente de Pilar, seguido por Leonardo Nardini. Ambos con proyección, aunque con lazos políticos diferentes.
En tercer lugar se ubicó Jaime Méndez, de San Miguel, el único entre los más valorados que hasta ahora no expresó deseos expansionistas más allá de los límites de su distrito.
El alcalde pilarense hoy forma parte de un grupo de intendentes que viene mostrándose unido con la idea de dar una discusión hacia adentro del peronismo bonaerense. Allí abrevan Nicolás Mantegazza, Federico Otermín, Gustavo Menéndez y Gastón Granados.
Se trata de los mismos que participaron en el difundido partido de fútbol del fin de semana pasado junto a intendentes y dirigentes del Frente Renovador.
Más allá del color sobre el resultado del match o los goles de Otermín, la acción disparó todo tipo de especulaciones. La presencia de Sergio Massa volvió a enviar el mismo mensaje que en 2025: el gestor de la unidad. Más adelante se verá.
Las fotos juntos o los picados futboleros no apagan, sin embargo, las desconfianzas internas ni las viejas cuentas sin saldar.
Un caso gira alrededor del mencionado Achával, a quien más de uno de sus colegas ha empezado a mirar de costado. Sostienen puertas adentro que su proyección tiene un límite y que ese límite no son precisamente los recursos para sostener una campaña, sino la evolución del caso AFA en la Justicia.
Las revelaciones que siguieron produciéndose esta semana prometen ser mayores en las próximas.
¿Estuvo bien cedido el predio en Pilar a la Asociación del Fútbol Argentino? ¿Los arreglos que se hicieron en su interior fueron realizados con maquinaria municipal?
Por ahora, incógnitas que asoman y provocan nubarrones.
El mencionado es sólo un ejemplo. A lo largo de los años fueron muchas las ocasiones en las que la dinámica política impulsó a los jefes comunales a explorar acciones en conjunto, pero que luego se desvanecieron en sus propias competencias personales.
Cuestión de egos, dirían los psicólogos. Excluir ese factor del análisis político sería un error.
La imagen frente al Palacio de Hacienda también tributó para la campaña de Axel Kicillof, quien por estas horas viajó a Barcelona tras aceptar la invitación de Pedro Sánchez.
Le servirá para mostrarse en una agenda internacional ubicada en las antípodas de la de Javier Milei. Otro insumo para sostener la polarización a la que se ha sometido la política argentina desde hace años.
Los amigos internacionales de Javier Milei tampoco atraviesan su mejor momento.
El sistema de alianzas en el mundo se mueve hoy a la misma velocidad que las roscas bonaerenses.
Donald Trump arremete contra propios y extraños mientras se profundiza la crisis en Medio Oriente. Acaba de perder a su aliado en Hungría, Viktor Orbán, a quien había respaldado con la misma fuerza que lo hizo con Milei el año pasado.

Los conocedores de la política húngara identificaron en esa caída, después de 16 años, muchos síntomas de quienes enarbolan una agenda hacia afuera, pero hacia adentro reproducen el comportamiento clásico de estructuras autárquicas que se sirven del Estado para sus propios intereses.
La sensación de estancamiento económico, con una actividad que no logra despegar desde hace más de cinco años, se combinó con crecientes denuncias de corrupción, favoritismo y concentración del poder en círculos familiares y empresariales cercanos al oficialismo.
Hijas, yernos, amigos y contratistas ligados al Estado pasaron a formar parte del núcleo de cuestionamientos de una sociedad cada vez más cansada.
Cualquier parecido con nuestras latitudes es pura coincidencia.
Dentro de ese mapa sorprendió también la crítica de Trump a otra aliada hasta ahora, Giorgia Meloni, la italiana que supo seducir políticamente a Milei.
La dinámica de lo impensado.
Tan sorprendente como ver intendentes capaces de hacer campaña para otros intendentes. ¿Síntomas de una nueva era?