por Fede Carestia
La relación entre el cine y el pochoclo no fue un romance a primera vista; de hecho, durante los primeros años del séptimo arte, este snack era considerado el “enemigo número uno” de los exhibidores. A principios del siglo XX, las salas de cine intentaban emular la sofisticación de los teatros de ópera, luciendo alfombras lujosas y muebles refinados. En ese contexto de élite, los dueños prohibían cualquier tipo de alimento para evitar que el ruido del masticar distrajera a quienes leían los intertítulos del cine mudo, y para proteger sus costosas instalaciones de la suciedad.
Sin embargo, mientras el lujo imperaba adentro, afuera se gestaba una revolución gracias a la tecnología de Charles Cretors. En 1885, Cretors inventó la primera máquina portátil de pochoclos a vapor, lo que permitió que los vendedores ambulantes se instalaran en las veredas de los cines. El aroma irresistible y el bajo costo convirtieron al pochoclo en un producto de masas que los espectadores no dudaban en comprar para ingresar a escondidas, camuflando las bolsas dentro de sus abrigos para burlar la estricta vigilancia de la época.

El verdadero punto de quiebre ocurrió con la llegada de la Gran Depresión en 1929. En medio de la crisis económica, la gente buscaba desesperadamente una forma barata de entretenimiento y escape. El pochoclo era uno de los pocos lujos que casi cualquiera podía costear, con un precio de apenas unos centavos por bolsa. Los cines que mantuvieron su postura elitista y prohibieron la comida empezaron a quebrar, mientras que aquellos que permitieron a los vendedores instalarse en sus vestíbulos a cambio de una comisión lograron mantenerse a flote.
Con el tiempo, los empresarios cinematográficos comprendieron que el negocio no estaba solo en las butacas, sino en el pochoclo. Eliminaron a los intermediarios e instalaron sus propias máquinas, descubriendo que el margen de ganancia era exponencialmente mayor al de las entradas. La Segunda Guerra Mundial terminó de sellar esta alianza: ante la escasez mundial de azúcar, los caramelos y las bebidas dulces desaparecieron de los mostradores, dejando al maíz —que era abundante— como el rey indiscutido de las concesiones.
En la actualidad, esta tendencia es el pilar financiero que sostiene a las grandes cadenas de cines. Dado que la mayor parte de la recaudación por tickets se destina a los estudios de Hollywood, los complejos dependen casi exclusivamente de la venta de snacks para cubrir sus costos operativos. Lo que comenzó como un producto prohibido de feria se transformó en un modelo de negocio donde el margen de beneficio ronda entre el 800% y el 900%.