El 20 de abril de 1808 nació Luis Napoleón Bonaparte, quien más tarde se convertiría en Napoleón III, emperador de Francia y una de las figuras más complejas del siglo XIX europeo. Sobrino de Napoleón Bonaparte, su trayectoria política estuvo marcada por intentos fallidos de golpe, exilios y una persistente construcción de legitimidad basada en el legado familiar.
Su llegada al poder no fue inmediata. Tras varios intentos de insurrección, logró consolidarse políticamente al ser elegido presidente de la Segunda República en 1848. Este triunfo reflejó tanto el peso simbólico de su apellido como el contexto de inestabilidad social y económica que atravesaba Francia.
En 1851, Napoleón III ejecutó un golpe de Estado que disolvió la Asamblea Nacional, poniendo fin al experimento republicano. Un año después, mediante un plebiscito, se proclamó emperador, inaugurando el Segundo Imperio. Este movimiento evidenció una estrategia política basada en el apoyo popular directo, pero con un fuerte componente autoritario.
Durante su mandato, impulsó una serie de reformas económicas y urbanas que transformaron Francia. La modernización de París bajo el barón Haussmann, el desarrollo ferroviario y la expansión industrial consolidaron una base económica más dinámica, aunque acompañada de restricciones a las libertades políticas.

El proyecto de Napoleón III encontró sus límites en el escenario internacional. Su política exterior, que incluyó intervenciones en Italia y México, terminó debilitando su posición. La derrota frente a Prusia en 1870 marcó el colapso del Segundo Imperio y su captura, lo que precipitó el retorno de la república en Francia.

Su legado sigue siendo objeto de debate. Para algunos, fue un modernizador que impulsó el desarrollo económico y urbano; para otros, un líder que erosionó las instituciones democráticas. La efeméride del 20 de abril permite revisar una figura clave para entender la transición entre revolución, imperio y república en Europa.