La lectura de Sebastián Halperín sobre el escenario político argentino parte de una premisa inquietante para el oficialismo: el malestar con el gobierno de Javier Milei ya no se limita a sus adversarios, sino que empieza a permear incluso en sectores que lo acompañaron desde el inicio.
En su análisis público, el sociólogo y consultor en opinión pública sostuvo que “el malestar con el gobierno comienza a aumentar, incluso en el electorado libertario”, en un contexto donde la baja de la inflación empieza a ser leída por parte de la sociedad como un derecho adquirido y no como un mérito excepcional.
Halperín plantea que el principal crédito político de Milei nunca estuvo en los resultados concretos, sino en la expectativa. Y justamente ahí observa la señal de alerta más fuerte: “Las encuestas registran en los últimos meses una caída en las expectativas del 10% con respecto al Gobierno nacional. Eso resulta lo más preocupante porque toca la fibra más sensible del crédito del gobierno”.
En esa línea, sostiene que el problema para la Casa Rosada es que el eje de preocupación social empieza a correrse. Si durante la primera etapa del gobierno la prioridad fue la desaceleración inflacionaria, ahora aparece otra angustia más estructural: el empleo. “El foco, a juzgar por la agenda de preocupaciones manifestada en los estudios, se centra en otras cuestiones de la economía, como el desempleo”, advierte, y agrega un dato todavía más sensible: “Actualmente el 66% de la población ocupada tiene temor a perder su empleo”.
Aun con ese desgaste, Halperín no subestima la potencia electoral del Presidente. Reconoce que, para un gobierno que heredó un escenario crítico, sostener alrededor de un 40% de imagen positiva sigue siendo un activo considerable. Pero al mismo tiempo marca los límites de esa fortaleza: una cosa es conservar apoyo en un contexto de fragmentación opositora y otra muy distinta es garantizar una victoria clara.
“El presidente conserva un núcleo duro del 30%, el electorado de la primera vuelta. Pero el resto es prestado”, explica, y ubica allí a buena parte de los votantes huérfanos de Juntos por el Cambio, un universo más institucionalista y más sensible a episodios como los casos Adorni, Lijo o la crisis de la ANDIS.
Por eso su advertencia electoral no es menor: “Diversas encuestas muestran que el conjunto del universo panperonista no se encuentra lejos de la suma de Milei y Bullrich. Existe un empate técnico”. A partir de esa lectura, Halperín concluye que hoy no se puede dar por descontado un triunfo oficialista en primera vuelta.

Más allá de los números, el sociólogo identifica un cambio de clima que puede ser más profundo que una simple oscilación en las encuestas. Su preocupación no es solo el deterioro de la imagen presidencial, sino la eventual consolidación de un rechazo a la continuidad del modelo.
“Hay gente dispuesta a votar a Milei, incluso con la nariz tapada, por el temor al pasado. El problema surge si llega a instalarse un escenario de rechazo a la continuidad de Milei”, señala. Y lo vincula con escenas muy concretas de la vida cotidiana: jubilados que deben elegir entre comida y medicamentos, trabajadores que no llegan a fin de mes, familias que perciben que el changuito del supermercado sigue siendo inaccesible.
En esa lógica, Halperín advierte que el Gobierno puede chocar con una limitación estructural: “Se trata de un modelo sólo para el 20% o 30% de la población, ¿pero qué ocurre con el resto?”. La frase resume su crítica más de fondo al proyecto libertario: la estabilización macroeconómica, por sí sola, no resuelve la cuestión social ni garantiza construcción política duradera.
Llamamos a construir un gran frente nacional.
— Miguel Ángel Pichetto (@MiguelPichetto) April 17, 2026
Junto con Emilio Monzó (@monzoemilio) mantuvimos un encuentro con el intendente de Malvinas Argentinas, Leonardo Nardini (@Nardini_Leo); los senadores provinciales Carlos Kikuchi y Marcelo Daletto; y el diputado provincial Luis… pic.twitter.com/MnQLETjZAz
En paralelo al desgaste del oficialismo, Halperín observa otra novedad: la posibilidad de que el centro político, tantas veces declarado muerto en la Argentina, vuelva a tener una oportunidad. En su columna más reciente, “Odas al centro”, plantea que la actual reconfiguración del mapa político podría abrir una ventana para la moderación, el diálogo y la construcción de una agenda menos capturada por la polarización.
Para el analista, no es menor que algunos referentes opositores hayan empezado a discutir primero agenda y desafíos antes que candidaturas. Y subraya que el perfil de quienes impulsan esa búsqueda -Miguel Pichetto, Nicolás Massot y Emilio Monzó- permite pensar que “la avenida del medio conserva al menos cierta vitalidad”.
Más aún, sugiere que este proceso podría ser el comienzo de un sinceramiento del sistema político argentino. En lugar de seguir leyendo la escena desde los sellos partidarios tradicionales, propone mirar un eje transversal que separa a quienes apostaron por la moderación y la ampliación de consensos de aquellos que profundizaron la lógica purista y polarizante. Allí ubica buena parte del fracaso tanto del panperonismo como de Juntos por el Cambio para construir síntesis duraderas.

La lectura de Halperín no se agota en Milei. También se posa sobre las dificultades y posibilidades de la oposición. En su visión, hay sectores del PRO incómodos con la subordinación a La Libertad Avanza, gobernadores que empiezan a disputar agenda desde una lógica federal y un peronismo que, aun con sus debilidades, conserva un piso competitivo.
En ese marco, señala que “el peronismo posee un piso de entre el 30% y el 33%” y que Axel Kicillof, si quiere construir una candidatura viable, deberá “mostrar un espacio corrido hacia el centro y descontaminarse del posicionamiento kirchnerista que, en este escenario, no lo favorece”.
A la vez, describe la incomodidad de un sector del PRO que no quiere firmar “un cheque en blanco” al oficialismo libertario y que empieza a mirar con interés otras mesas de articulación. Ese cuadro, sumado al desgaste de la grieta, es el que alimenta su hipótesis sobre una reconfiguración más amplia.
La mirada actual de Halperín dialoga con lo que ya había planteado durante su paso por El Living de NewsDigitales en agosto del año pasado. En aquella entrevista, advertía que “la percepción dominante hoy es que la política no resuelve nada” y resumía el humor social con una frase escuchada en sus grupos de investigación: “Yo igual me tengo que levantar y salir a laburar. Nadie me va a resolver nada”.
Ese diagnóstico, que entonces aparecía como una descripción del desencanto, hoy adquiere otro espesor. Porque la desafección ya no se expresa solo como distancia respecto de la política tradicional, sino también como una creciente exigencia hacia el propio Milei. La paciencia social, sugería entonces, podía sostenerse mientras hubiera una promesa visible. El problema comenzaría cuando esa zanahoria dejara de verse con claridad. Y eso es, precisamente, lo que sus análisis más recientes empiezan a registrar.
La potencia del análisis de Halperín está en que no se limita a medir apoyos o rechazos. Lo que propone es una lectura de época. Ve un oficialismo que todavía conserva piso político, pero cuyo principal activo -la expectativa- comienza a erosionarse. Ve una oposición fragmentada, aunque menos huérfana de lo que parecía. Y ve, sobre todo, una sociedad cansada de fórmulas que ya no ofrecen respuestas creíbles.
En ese marco, la gran pregunta ya no es solo si Milei puede sostenerse, sino qué tipo de alternativa podrá emerger frente a ese desgaste. Para Halperín, no se trata de volver al pasado ni de insistir con viejas antinomias, sino de explorar una nueva articulación que recupere racionalidad, agenda y capacidad de representación.
Ahí, en ese espacio todavía incierto entre el desencanto y la búsqueda de una salida, es donde ubica la posibilidad de un nuevo centro político. Uno que, si logra tomar forma, podría dejar de ser apenas una nostalgia para empezar a convertirse en opción.
