Peter Thiel es uno de los primeros Inversores de Facebook, cofundador de PayPal, financiador de Anduril y director ejecutivo de Palantir, la compañía de vigilancia masiva y desarrollo de inteligencia artificial para la industria militar, cuyos clientes más notables son la NSA, la CIA, los cuerpos de ICE y el ejército israelí.
También fue lobbysta de la candidatura de Donald Trump y sobre todo, impulsor de la meteórica carrera política de J.D. Vance, vicepresidente de los Estados Unidos.
Libertario y anarco capitalista; homosexual y conservador, se declara abiertamente en contra de la democracia liberal y en su lugar propone un sistema tecnocrático gobernado por corporaciones. Transhumanista aunque ostensiblemente religioso, el influyente y excéntrico empresario es la figura clave de la convergencia entre la base MAGA y la oligarquía tecnológica de Silicon Valley, centro neurálgico del poder geopolítico mundial.
Discípulo del antropólogo francés René Girard, Thiel se inspiró en la teoría del deseo mimético y del chivo expiatorio, para diseñar no solo un modelo de negocios (El best seller de su autoría, zero to one, está basado en la teoría girardiana para emprendedores de startups según el cual el éxito no está en la competencia sino en la posición monopólica) sino para elaborar una visión del mundo más amplia y compleja que también incluye literatura de ciencia ficción para proyectar o anticipar realidades posibles.
Más que un magnate tech, Thiel se posiciona entre las más influyentes figuras políticas del siglo XXI a partir de un inquietante marco filosófico y teológico apocalíptico: está obsesionado con la aparición del anticristo y el armagedon.
El tema lo preocupa tan seriamente que en 2022 el gobierno de Nueva Zelanda le rechazó el permiso para construir un lujoso búnker “para el fin del mundo”, en el Monte Alpha, a orillas del lago Wanaka donde el empresario es dueño de 193 hectáreas en un paisaje natural protegido. La mansión que Thiel pretendía construir (que según conservacionistas neozelandeses hubiese implicado un impacto ambiental monstruoso) sería su refugio para defenderse de cualquier situación de caos social que se vuelva ingobernable.
En las cuatro conferencias privadas y con cláusula de confidencialidad que dio el año pasado en el Commonwealth Club de San Francisco, Thiel afirmó que el precursor del anticristo moderno es encarnado por aquellos que infunden ideas sobre un apocalipsis climático, tecnológico o nuclear, agitando el miedo al riesgo existencial con el propósito de detener el avance científico y tecnológico que encabezan los oligarcas de Silicon Valley. Sin ir más lejos, acusó directamente a la joven ecologista sueca Greta Thunberg, y a los críticos del desarrollo de la Inteligencia Artificial en general, como “legionarios del anticristo”. Vendrán bajo el falso lema de “paz y seguridad” aunque representan la destrucción de Estados Unidos como potencia mundial, impidiendo su progreso tecnológico.
Según su filosofía aceleracionista, las cosas no han ido ni tan bien ni tan rápido como se esperaba. En Big 2026 no hay autos voladores ni cura para el cáncer, y según su diagnóstico hay un estancamiento en materia tecnológica que data de 1970. Justamente como herencia de los hippies, hoy el activismo ambiental es la única ideología en la que aún creen los europeos y la única con fuerza real para crear un estado totalitario mundial. Es necesario aclarar que esta idea de totalitarismo de la que habla Thiel no se refiere a la supresión de las libertades individuales del pacto democrático vigente en occidente, sino a las restricciones al desarrollo desbocado de la tecnología, especialmente la inteligencia artificial, para mitigar riesgos existenciales.
En este contexto, Thiel invoca el concepto paulino del katechon, el poder temporal que frena o retiene el caos que encarna el anticristo, para articular su visión de una hegemonía tecnológica estadounidense como fuerza restrictiva contra esa gobernanza global, desaceleracionista y decadente, percibida por Thiel como tiránica.
En todo este enredo profético, la alternativa que propone el ideólogo de Silicon Valley para retener el caos ingobernable en que tarde o temprano acabarán las democracias liberales, es decir, el apocalipsis moderno, es someterse a un nuevo orden tecnocrático de vigilancia algorítmica, dirigida por la élite que él integra, cuyo modelo para escalar es el de su temerario emprendimiento Palantir.
En marzo de este año, mientras Thiel llevaba adelante un seminario secreto sobre el anticristo en Roma, Paolo Benanti, fraile franciscano y principal asesor en IA del Vaticano publicó un ensayo titulado "Hérésie américaine: faut-il brûler Peter Thiel? en Le Grand Continent, que la revista Dólar Barato publicó en castellano: “La herejía estadounidense: ¿Hay que quemar a Peter Thiel?”.
En este esclarecedor texto, Benanti analiza ampliamente la trayectoria de Thiel como empresario, pero sobre todo, su visión del mundo como un "teólogo político en el corazón del ecosistema de Silicon Valley”.
Por un lado, el franciscano advierte que la teología apocalíptica de Thiel no es cristiana sino pagana. No se refiere a la culminación de la historia de la salvación, es decir, la segunda gloriosa venida de Jesucristo al final de los tiempos para juzgar a vivos y a muertos, sino que propone un falso dilema binario “Anticristo o Armagedón”. Benanti dice: “El apocalipsis que él invoca no es el fin de los tiempos. Es solo el fin de un tiempo. Su visión del tiempo no es lineal ni escatológica, sino cíclica: destruir el orden no lleva al Reino de los Cielos, sino que reactiva indefinidamente el mecanismo girardiano de la violencia mimética y el chivo expiatorio”.
Esta visión trágica y pagana de la teología apocalíptica de Thiel es el ardid para legitimar la gobernanza tecnocrática como única salida posible. En esta noción, explica Benanti, radica la herejía política de Thiel contra el consenso liberal: de los valores occidentales sólo reivindica de manera patológica y radicalizada alguno de ellos: la competencia, la tecnología y el individuo. En cambio —culmina Benanti—”la democracia entendida como autogobierno de ciudadanos iguales para Thiel ya murió y sólo queda, en la oscuridad de un data center, la gestión clínica de su cadáver”.