El superclásico entre Boca Juniors y River Plate no se limita a la cancha. A lo largo de las últimas décadas, distintos presidentes argentinos expusieron su pertenencia futbolera como parte de su identidad pública, en una combinación de pasión genuina y cálculo político. En un país donde el fútbol funciona como lenguaje común, la afinidad por un club nunca es del todo inocente.
En los años noventa, Carlos Menem, presidente entre 1989 y 1999, hizo explícito su fanatismo por River. Su gestión coincidió con una etapa de éxitos del club, tanto a nivel local como internacional, incluida la Copa Libertadores de 1996. Menem no solo celebraba títulos: integraba el fútbol a su narrativa de poder, con recepciones oficiales y una exposición mediática constante que mezclaba política y espectáculo.

El escenario cambió con Fernando de la Rúa, presidente entre 1999 y 2001, identificado con Boca. Su breve paso por la Casa Rosada coincidió con el ciclo más exitoso del club bajo la conducción de Carlos Bianchi, con las Libertadores 2000 y 2001. A diferencia de Menem, su perfil fue más bajo, pero la coincidencia entre éxito deportivo y crisis política dejó en evidencia el contraste entre el clima en las tribunas y la fragilidad institucional.

El vínculo más directo entre fútbol y poder lo encarnó Mauricio Macri, presidente entre 2015 y 2019. Antes de llegar a la Casa Rosada, construyó su carrera política desde la presidencia de Boca, donde acumuló títulos y visibilidad. Ya en el gobierno, ese capital simbólico siguió operando, aunque con un límite: la derrota en la final de la Copa Libertadores 2018 ante River expuso que el fútbol también puede volverse un terreno incómodo para el poder.
En tiempos más recientes, la relación entre fútbol y política sumó matices y contradicciones. Alberto Fernández optó por correrse del eje Boca-River y mostrarse como hincha de Argentinos Juniors, mientras que Javier Milei protagonizó un giro llamativo: históricamente identificado con Boca Juniors, tomó distancia pública del club tras la llegada de Juan Román Riquelme a la conducción y Fernando Gago como entrenador.
Ese cambio no es menor. En un país donde la pertenencia futbolera suele ser estable y emocional, el corrimiento de Milei expone cómo incluso esas identidades pueden entrar en tensión con posicionamientos políticos o personales. La escena refuerza una idea de fondo: en Argentina, el fútbol no solo construye identidad, también la pone en discusión cuando se cruza con el poder.
La utilización del fútbol por parte de los presidentes no responde solo a preferencias personales. Boca y River funcionan como identidades sociales amplias, con tradiciones, relatos y públicos que trascienden lo deportivo. En ese marco, mostrarse cercano a uno u otro club puede operar como una señal de pertenencia o empatía con determinados sectores.
Sin embargo, esa estrategia también tiene límites. La sobreexposición o el intento de capitalizar éxitos deportivos puede volverse en contra cuando el contexto político es adverso. En definitiva, el superclásico no define gobiernos, pero sí ofrece una vidriera donde el poder busca reflejarse, con resultados muchas veces imprevisibles.