La Guerra de Malvinas dejó una marca indeleble en la historia argentina, pero también dejó postales del clima de la época. En un contexto en el que la primera víctima es la verdad, la desinformación, fervor nacionalista y euforia forzada se adueñaron del escenario. Fue entonces cuando surgió -impulsada por el periodismo deportivo- una de las propuestas más insólitas de la historia del fútbol argentino: jugar un superclásico en Puerto Argentino.
La idea tomó impulso tras un opaco 0-0 disputado en La Bombonera, válido por el torneo Nacional 1982 que continuaba pese al conflicto. En ese marco, distintos actores del fútbol —desde jugadores hasta dirigentes— comenzaron a respaldar públicamente la posibilidad de trasladar el partido a territorio en disputa, bajo el argumento de “levantar la moral” de los soldados argentinos.
Las declaraciones de la época reflejan con crudeza el clima dominante. Futbolistas de ambos equipos manifestaban que sería “un orgullo” jugar en Malvinas, mientras que dirigentes sostenían que el evento podía constituir un “deber patriótico”, una forma de acompañar simbólicamente a quienes combatían en el frente. La iniciativa incluso llegó a materializarse en tapas de revistas y coberturas periodísticas que alimentaban la expectativa de un espectáculo deportivo en medio de la guerra.

Sin embargo, la realidad terminó por imponerse. A medida que comenzaron a llegar noticias más precisas desde el frente -con el avance del conflicto y el aumento de las bajas-, la propuesta quedó rápidamente desactivada. Lo que hasta entonces se presentaba como un gesto épico pasó a evidenciarse como una desconexión alarmante entre el espectáculo deportivo y la gravedad del momento histórico. Dato de color: el Nacional 1982 no fue ni para Boca, ni para River. El campeón fue el mìtico Ferro Carril Oeste dirigido por Carlos Timoteo Griguol.
Con el paso de los días el proyecto quedó archivado como una anécdota incómoda, pero funciona hoy como un espejo de época: un reflejo de cómo el fútbol, en determinados contextos, puede ser utilizado como herramienta simbólica en escenarios donde la realidad exige otra dimensión de responsabilidad. Finalmente, el Superclásico en Malvinas nunca se jugó.
Malvinas era el tema del momento y los argentinos necesitaban un canal para encauzar su natural solidaridad para con los soldados. Las primeras colectas se organizaron en las principales plazas del país. Se recibían chocolates -indispensables para resistir bajas temperaturas- ropa de abrigo y víveres. Eso, sin dejar de alimentar el espìritu bélico, alimentado por la propaganda oficial.
En ese marco, el área de comunicación del gobierno preparó el programa “Las 24 horas por Malvinas”, que se emitió entre el 8 y el 9 de mayo de 1982, por la pantalla de ATC. El envío estuvo conducido por Cacho Fontana y Pinky, reunió a buena parte de figuras el quehacer nacional en una maratón televisiva sin precedentes.
En particular, llamó la atención la presencia de un grupo de jugadores de la Selección Argentina, que se aprestaba a defender su título de campeona del mundo de 1978 en el torneo de España 1982, pronto a comenzar. Daniel Passarella, Diego Maradona, Osvaldo Ardiles y Patricio Hernández dijeron presente en el estudio, vestidos con la indumentaria de la AFA, para entregar una importante donación en nombre del plantel.El cheque fue para el Fondo Patriótico Malvinas Argentinas. La cifra recaudada fue millonaria, pero nunca llegó a los soldados.

Para los argentinos, el Mundial y la guerra se entrecruzaron dramáticamente. Mientras en Buenos Aires se vivía el conflicto con una euforia similia a la que se adueñó de las calles en 1978, el sur del país presenciaba el horror de la guerra. Lejos del impacto que provoca estar en el lugar, los jugadores que viajaron a España para representar a nuestro país pudieron acceder a una información periodística distinta a la que se difundía en Argentina, porque la censura de la dictadura no podìa controlar a la prensa europea.
El 13 de junio la Albiceleste hizo su debut. Perdió 1-0 contra Bélgica, pero al lado de lo que se venìa, el partido fue lo de menos. Al dìa siguente el general Mario Benjamín Menéndez firmó la rendición argentina. Mientras los soldados volvían a casa, Argentina venció a Hungría y a El Salvador, para pasar a la segunda ronda. Ahí esperaban Italia y Brasil, que para un equipo de jóvenes que tenían que patear una pelota mientras compatriotias de su edad -o más jóvenes- morìan en la guerra.