La historia de Roma comienza con un mito que atravesó siglos. Según la tradición, los gemelos Rómulo y Remo, descendientes del héroe troyano Eneas, fueron abandonados al nacer y salvados por una loba que los amamantó. Ya adultos, decidieron fundar una ciudad, pero una disputa terminó con Rómulo asesinando a su hermano y convirtiéndose en el primer rey.
Este relato no solo explica un origen, sino que también funcionó como una herramienta política para justificar el poder y la identidad romana. La idea de una ciudad nacida de la fuerza, el destino y la superioridad simbólica fue clave para construir su legitimidad.
Más allá de la leyenda, las investigaciones arqueológicas muestran que la zona del río Tíber ya estaba habitada desde siglos antes por comunidades latinas. Con el tiempo, estos asentamientos comenzaron a unificarse en torno a colinas estratégicas, dando lugar a una estructura urbana incipiente.
La ubicación de Roma no fue casual: su cercanía al río facilitaba el comercio, mientras que su posición intermedia entre el norte y el sur de la península itálica la convertía en un punto clave para el intercambio y la expansión.
En sus primeros siglos, Roma estuvo gobernada por reyes, pero ese sistema fue reemplazado por la República, un modelo político que introdujo instituciones como el Senado y magistraturas elegidas. Este cambio no eliminó las tensiones internas, pero permitió una mayor organización del poder.
Durante este período, Roma consolidó su dominio sobre la península itálica y comenzó a proyectarse hacia el Mediterráneo. Las guerras contra Cartago, conocidas como Guerras Púnicas, marcaron un punto de inflexión que la posicionó como una potencia en ascenso.

La transformación en imperio significó una centralización del poder bajo la figura de un emperador. Con Augusto comenzó una etapa de estabilidad y expansión que llevó a Roma a controlar territorios en Europa, África y Asia. Ese dominio no fue solo territorial. Roma desarrolló un sistema de leyes, infraestructura y administración que integraba regiones muy diversas. Caminos, acueductos, ciudades planificadas y una administración eficiente permitieron sostener un imperio durante siglos.
El impacto romano no terminó con la caída del Imperio. Su legado sigue presente en el derecho moderno, en las lenguas derivadas del latín y en conceptos políticos que aún se utilizan. Incluso la idea de ciudadanía, central en muchas democracias actuales, tiene raíces en la experiencia romana.

Más que una simple historia de origen, la fundación de Roma representa el inicio de un proceso que transformó la forma en que se organizan las sociedades. Entender ese punto de partida permite comprender por qué, aún hoy, Roma continúa siendo una referencia inevitable cuando se habla de poder, cultura e identidad en Occidente.