Javier Milei anunció en X que enviará al Congreso una reforma electoral con tres ejes: eliminación de las PASO, cambios en el financiamiento de la política e incorporación de Ficha Limpia.
El Presidente lo presentó como parte de una ofensiva contra “la casta” y contra el costo de las internas partidarias. Ese anuncio volvió a poner en el centro una herramienta que lleva más de quince años en la vida política argentina y que, desde su nacimiento, carga con una promesa y una decepción.
MAÑANA ENVIAMOS LA REFORMA ELECTORAL AL CONGRESO
— Javier Milei (@JMilei) April 21, 2026
ELIMINAMOS LAS PASO: basta de obligar a los argentinos a pagar internas de la casta.
CAMBIAMOS EL FINANCIAMIENTO: se termina la política viviendo de tu bolsillo.
FICHA LIMPIA: los corruptos AFUERA para siempre.
SE ACABÓ LA…
Las PASO fueron creadas por la ley 26.571, sancionada en diciembre de 2009 durante el primer gobierno de Cristina Fernández de Kirchner. El nombre completo de la norma ya marcaba su ambición: “Ley de Democratización de la Representación Política, la Transparencia y la Equidad Electoral”.
La idea era abrir la selección de candidaturas, ordenar la oferta partidaria, reducir la proliferación de sellos sin volumen y darles a los ciudadanos un papel más directo en la vida interna de los partidos. La ley también fijó el piso del 1,5% de los votos válidos para poder competir en la elección general.
La reforma de 2009 respondía a un problema bastante visible de aquella etapa: partidos débiles, internas cerradas, liderazgos digitados y un sistema fragmentado. Las PASO aparecieron como un intento de ordenar ese escenario. Sobre el papel, tenían lógica. Iban a permitir que las candidaturas se resolvieran frente a la ciudadanía, con reglas comunes y con una oferta más clara para la elección general. También buscaban darle más densidad a las agrupaciones políticas, obligándolas a competir de cara al electorado y no sólo dentro de aparatos reducidos.
Hubo efectos concretos. Las PASO ayudaron a establecer un calendario más previsible, forzaron a los partidos a ordenar alianzas con anticipación y pusieron un filtro para las listas testimoniales o meramente instrumentales. En varios ciclos funcionaron como una gran instancia de ordenamiento de la oferta electoral.
También ofrecieron una primera medición nacional que, en algunos años, permitió leer mejor la relación de fuerzas antes de octubre. Esa parte de su legado existe y explica por qué todavía tienen defensores en distintos espacios.
Con el tiempo, el mecanismo fue perdiendo espesor político. Muchas fuerzas grandes dejaron de usarlas para dirimir liderazgos de verdad y empezaron a llegar a agosto con listas únicas o con internas muy controladas. La primaria quedó transformada, en muchos casos, en una gran encuesta nacional obligatoria, costosa y con poco contenido competitivo. Ahí empezó a crecer una crítica que hoy usa Milei, aunque no sea patrimonio suyo: el sistema obliga a votar una elección previa aun cuando casi no haya disputa real dentro de los partidos.
El problema más interesante apareció en paralelo. Las PASO fueron diseñadas para acercar ciudadanía y partidos, y su vigencia coincidió con una etapa en la que ese vínculo se fue debilitando cada vez más. La participación en las primarias solió quedar por debajo de la elección general, y la percepción social sobre la política fue empeorando.
Ahí se abre una pregunta que vale más que el debate táctico de hoy: ¿las PASO ayudaron a saturar a una sociedad ya cansada de la política, o la fatiga con la política vació a las PASO de sentido? Las dos cosas pueden haber operado juntas. Un sistema concebido para democratizar terminó funcionando muchas veces como una estación obligatoria dentro de una campaña eterna.
El Gobierno ya había mostrado en otras ocasiones su intención de modificar las reglas electorales. Milei incluyó la reforma electoral dentro de su paquete de cambios estructurales y ahora vuelve a ese punto con el reloj puesto en 2027. La eliminación de las PASO tiene una traducción política inmediata: afecta la forma en que se ordenan las oposiciones, en especial las más fragmentadas. También toca un tema más amplio, que es el cansancio social frente a un calendario electoral extenso y, muchas veces, poco atractivo para el votante común.
La discusión que se abre en el Congreso va a mezclar diagnóstico institucional y conveniencia partidaria. Cada bloque va a mirar la herramienta desde su propio interés. Aun así, la discusión de fondo queda planteada y excede al oficialismo: las PASO tuvieron virtudes concretas, acumularon desgaste y quedaron atrapadas en un sistema político que se fue alejando de la ciudadanía. Milei quiere convertir ese desgaste en reforma. El Congreso va a decidir si lo acompaña. La pregunta más profunda seguirá abierta: cómo reconstruir la relación entre representación y sociedad en un país donde el problema ya no pasa sólo por cómo se vota, sino por cuánto cree la gente en aquello que vota.