El consumo de leche y productos lácteos volvió a mostrar señales de deterioro en febrero, en un contexto donde el ajuste del bolsillo pega de lleno en los alimentos básicos.
Según datos de OCLA, las ventas registraron una caída del 4,2% interanual en volumen, mientras que medidas en litros de leche equivalente el descenso fue aún mayor: 7,7%.
En el primer bimestre de 2026, el consumo acumulado cayó 4,9% en volumen y 6,3% en litros equivalentes, consolidando un escenario de retracción.
El dato no es aislado. Detrás de la caída aparece un cambio en los hábitos de consumo, impulsado por la pérdida de ingresos reales.
En ese contexto, crecen productos más baratos que reemplazan a los lácteos tradicionales, como bebidas sustitutas, margarinas o productos “rayados”. También se expande el canal informal, que no queda registrado en las estadísticas.
El resultado es claro: menos leche en la mesa y más consumo orientado por precio.
La baja es generalizada, aunque con matices.
El caso de los quesos es particular: representan cerca de la mitad del destino de la leche en el mercado interno y lograron sostener el volumen, en parte por su adaptación a formatos más económicos.

Según el sector, el volumen que se logró colocar en el mercado se sostuvo a costa de resignar precios.
Las empresas recurrieron a promociones, ofertas y ventas al peso para sostener la demanda, con una fuerte orientación hacia productos más básicos y menos elaborados.
Incluso se observaron casos donde primeras marcas quedaron por debajo de segundas líneas en góndola, reflejando la presión por mantener el consumo.

Más allá de rebotes puntuales en algunos productos, la tendencia de fondo sigue siendo descendente.
En un escenario de ingresos deteriorados y cambios en las prioridades de gasto, el consumo de leche —uno de los indicadores más sensibles del poder adquisitivo— vuelve a encender señales de alerta.