La interna del peronismo bonaerense volvió a meterse en el centro de la escena y reavivó un conflicto que arrastra desgaste desde hace meses. La tensión entre Axel Kicillof y el kirchnerismo, con Cristina Fernández de Kirchner y Máximo Kirchner como referencias centrales, volvió a escalar tras un nuevo episodio que dejó al descubierto el malestar latente dentro del PJ.
▪️Comunicado del Consejo del Partido Justicialista de la Provincia de Buenos Aires con nuevas autoridades pic.twitter.com/WjziW0RDW7
— PJ Provincia de Buenos Aires (@BonaerensePJ) April 24, 2026
El disparador fue un mensaje de Mayra Mendoza dirigido a Carlos Bianco en un chat de intendentes, donde mezcló un gesto personal con un reclamo político por el posicionamiento del gobernador frente a la ex presidenta. El episodio funcionó como un catalizador de una tensión que nunca terminó de resolverse y que, cada vez que reaparece, profundiza la desconfianza interna.
En el peronismo bonaerense reconocen que hay hartazgo. Las diferencias, los reproches y las chicanas se repiten sin que se produzca una ruptura definitiva ni un acuerdo sólido. Ese equilibrio inestable genera un desgaste permanente que impacta en toda la estructura partidaria. “Otra vez sopa”, sintetizó un intendente del conurbano, reflejando el cansancio que atraviesa a buena parte de la dirigencia.
La disputa entre Kicillof y el cristinismo ya no es solo política, sino también personal. En La Cámpora persiste una sensación de traición frente a los movimientos del gobernador, mientras que en el entorno del mandatario bonaerense creen que ese sector busca condicionarlo para limitar su proyección nacional. En ese marco, las críticas cruzadas se endurecen: desde el kirchnerismo cuestionan el liderazgo de Kicillof y su timing político, mientras que sus aliados relativizan el peso actual de la organización y su capacidad de construir una nueva mayoría.
Pese a la tensión, ninguno de los sectores parece dispuesto a romper. Kicillof no corta con el kirchnerismo y, al mismo tiempo, avanza con su propio armado político con la mira en 2027. Del otro lado, el entorno de CFK mantiene abierta la puerta a un eventual acuerdo electoral. Esa ambigüedad sostiene el conflicto en un punto muerto: no hay síntesis, pero tampoco ruptura.

En las últimas semanas había emergido una tregua que permitió descomprimir el clima interno. Sin embargo, el nuevo cruce volvió a encender la interna y a instalarla en la agenda política. En La Plata aseguran que seguirán adelante con la construcción política sin frenar su estrategia, incluso si eso implica dejar de lado al ala más dura del cristinismo.
El impacto del conflicto ya se siente fuera de la provincia de Buenos Aires. Gobernadores y dirigentes del interior observan con preocupación la dinámica bonaerense y temen que esa lógica de confrontación se replique a nivel nacional. La proyección de figuras como Sergio Uñac es leída por algunos sectores como parte de un movimiento del kirchnerismo para equilibrar el avance de Kicillof en la carrera presidencial.
En ese contexto, crece la cautela. Muchos dirigentes prefieren no involucrarse de lleno en el armado nacional hasta que la interna bonaerense encuentre algún tipo de resolución. “Es difícil pensar un proyecto nacional si hay una guerra permanente en la provincia de Buenos Aires”, admitió un legislador del interior.
La discusión de fondo atraviesa toda la estrategia opositora: cómo construir una alternativa frente al gobierno de Javier Milei sin que las disputas internas terminen debilitando el espacio. En el peronismo coinciden en que la unidad es clave, pero difieren en los tiempos y las condiciones para alcanzarla.
Por ahora, el escenario sigue abierto. La posibilidad de una reunión entre Kicillof y CFK aparece como una salida posible, pero no inmediata. Mientras tanto, la interna continúa, el desgaste se profundiza y el armado nacional del peronismo sigue condicionado por una disputa que, lejos de resolverse, vuelve a empezar.