28/04/2026 - Edición Nº1176

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George Atkinson: venció a Hollywood, inventó el alquiler de películas y terminó en la quiebra

26/04/2026 | Mucho antes de que existieran los videoclubs de barrio y los Blockbuster, un pequeño empresario norteamericano fue el que marcó el camino.



Mucho antes de que los videoclubs se convirtieran en el corazón de cada barrio, George Atkinson vislumbró un futuro que nadie más veía. Mientras trabajaba como doble de riesgo y alquilaba proyectores para eventos, notó que el público deseaba acceder al cine en casa, pero no a cualquier precio. En 1977, en un pequeño local de Los Ángeles llamado Video Station, este pionero lanzó un modelo que desafiaba la lógica comercial de la época: en lugar de vender cintas a precios prohibitivos, las alquilaría. Aunque hoy parezca algo natural, en aquel entonces fue una apuesta arriesgada que nació incluso antes de tener las películas en mano, tras comprobar el interés masivo de la gente mediante un simple anuncio en el diario.

El sistema era sencillo pero revolucionario. Atkinson creó un club donde los socios pagaban una membresía anual de 50 dólares o una de por vida por 100, lo que les permitía llevarse títulos como M*A*S*H o La Novicia Rebelde por una tarifa diaria. Mientras los estudios de cine insistían en que el público estadounidense tenía un espíritu acaparador y prefería ser dueño de sus copias, Atkinson sostenía que, si los precios bajaban, el mercado real estaría en el acceso temporal y no en la propiedad. Su visión no solo democratizó el cine para la clase trabajadora, sino que transformó una industria incipiente en un gigante que terminaría generando más ingresos que las propias salas de cine.

Sin embargo, el camino al éxito estuvo plagado de obstáculos legales. Hollywood veía con desprecio este modelo, tildándolo de piratería encubierta. Ante la negativa de los estudios de venderle material directamente, Atkinson tuvo que recurrir a contactos de terceros para abastecer sus estantes. Su gran escudo fue la Doctrina de la Primera Venta, un principio legal que defendió con ferocidad y que establece que quien compra legalmente una copia física tiene el derecho de distribuirla o alquilarla sin permiso del dueño del copyright. Esta victoria judicial no solo blindó su negocio, sino que permitió que miles de tiendas similares florecieran en todo el mundo.

El crecimiento de Video Station fue meteórico, alcanzando cientos de franquicias y convirtiéndose en un punto de encuentro para celebridades como Arnold Schwarzenegger o Jane Fonda. Pero la expansión desmedida trajo consigo una ambición peligrosa. En 1983, tras salir a la bolsa, la presión por mantener el valor de las acciones llevó a la compañía a un terreno turbio. Bajo la gestión financiera de su hermano, Edward Atkinson, la empresa comenzó a maquillar sus libros contables, inflando ganancias y exagerando inventarios para seducir a nuevos inversores. Fue el inicio del fin para el imperio del video.


En la foto de la derecha los hermanos Edward (izquierda) y George (Atkinson).

La caída fue tan estrepitosa como su ascenso. Una auditoría reveló que la firma había inflado su patrimonio neto en un millón de dólares, desatando un escándalo de fraude de valores que terminó con la intervención de las autoridades. Mientras George fue condenado a libertad condicional y servicios comunitarios tras admitir la presentación de informes falsos, su hermano Edward recibió una sentencia de cinco años de prisión por perjurio y fraude. En medio del caos legal y financiero, George fue forzado a renunciar a la presidencia de la criatura que él mismo había creado, perdiendo en el proceso su casa, sus autos y su reputación.

El vacío dejado por Atkinson fue rápidamente llenado por competidores con estructuras corporativas más sólidas, como Blockbuster, que refinaron su idea original hasta convertirla en un fenómeno global. A pesar de haber sido el arquitecto de una industria de miles de millones de dólares, George se retiró del negocio con un sabor agridulce. Poco antes de fallecer en 2005, a los 69 años, confesó a la revista Rolling Stone: "Mi único arrepentimiento es no haber patentado la idea"

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