En diálogo con Tomás Méndez, en El Living de NewsDigitales María Franco trazó un diagnóstico contundente sobre la economía cotidiana y aseguró que su pyme atraviesa el momento más difícil de los últimos años. Con 25 años de trayectoria en el rubro pastelero y diez personas trabajando en el emprendimiento familiar, explicó que la caída del consumo golpea de lleno a los comercios y obliga a redoblar esfuerzos para sostener la actividad.
Para Franco, el problema central pasa por la pérdida del poder de compra. “A la gente le falta plata”, resumió sin rodeos. En el local lo ve a diario: “El que se llevaba dos facturas se lleva una”.
Incluso advirtió una baja en productos básicos. “Bajó el consumo del pan entre un 20 y un 30 por ciento”, sostuvo. La caída también golpeó a los eventos y festejos, un segmento clave para su negocio de pastelería y catering. “Lo primero que la gente recorta es el extra”, explicó.

Sin embargo, detrás de ese “extra” hay algo más profundo. Para la empresaria, una docena de facturas o un alfajor no son solo consumo: representan un momento compartido, una pequeña alegría familiar. “Es el gustito del domingo, el sabor a compartir”, definió.
Lejos de resignarse, Franco eligió competir con creatividad y precios accesibles. Su local ofrece más de 60 variedades de alfajores, desde los clásicos marplatenses hasta versiones con sal marina, cheesecake de pistacho, maracuyá y el llamativo alfajor con papas fritas, que se volvió viral. “No nació como marketing, sino buscando texturas nuevas”, contó.

La apuesta le dio resultados: atrajo público nuevo, reseñas especializadas y premios. Ganó medallas con alfajores de limón y frambuesa, además de reconocimientos por roscas de Pascua, pan dulces y huevos de chocolate. Pero aclaró que la estrella sigue siendo el tradicional dulce de leche. “La gente siempre vuelve a ese”, afirmó.
Detrás del mostrador también hay una historia personal de sacrificio. Franco empezó a los 19 años y hoy, a los 44, sigue dedicando jornadas maratónicas. “¿Cuántas horas de trabajo son? Dieciocho”, respondió entre risas. Luego llegó la definición más sincera: “Muchas veces dan ganas de tirar la toalla”.

Lo que la sostiene, dice, no es solo la necesidad. Es la pasión. “No sé hacer otra cosa”, confesó. Y quizá allí esté la verdadera explicación de por qué tantas pymes argentinas siguen en pie: no por comodidad ni por rentabilidad, sino por convicción, esfuerzo y una obstinación cotidiana que no figura en ningún índice económico.