En una entrevista profundamente conmovedora en el ciclo de Bondi Live, conducido por Matías Bagnato, Romina Orthusteguy, exparticipante de Gran Hermano, rompió el silencio tras más de dos décadas y relató el calvario que vivió con su expareja, Eduardo Carrera. Acompañada por su hija Mía, la denunciante reconstruyó una historia marcada por la violencia, el miedo y la reconstrucción personal.
Romina recordó que su vínculo con Carrera comenzó dentro de la casa, donde él se mostraba como alguien “encantador, simpático y contenedor”. Sin embargo, ese perfil empezó a resquebrajarse con episodios de agresividad. El momento más recordado ocurrió en una fiesta de fin de año: tras acusarla de haberlo empujado a la pileta, él reaccionó con violencia, la tomó del brazo y la amenazó. Luego, le arrojó una copa de vidrio a los pies.
“Tuve miedo. Me encerré. Pensé que la producción lo iba a sacar, pero no pasó”, relató. Según su testimonio, hubo otros episodios que no se vieron en cámara y que fueron minimizados en ese momento.
Tras salir del reality, Romina contó que todo parecía “armado” para que continuaran la relación. Incluso, en televisión en vivo, se montó una escena de compromiso sin su consentimiento. La situación se agravó cuando decidieron convivir. “Se cerró la puerta y empezó el infierno”, resumió.
Relató episodios de violencia física, psicológica y control: ataques de furia por situaciones mínimas, destrucción de objetos, insultos constantes y expulsiones de la casa en plena madrugada. En uno de los momentos más críticos, Eduardo la echó de su departamento de madrugada. Romina bajó descalza y en crisis hasta la casa de Bagnato, repitiendo una frase: “Tengo mucha vergüenza”.
En medio de ese contexto, quedó embarazada. La reacción de él fue devastadora: “Esto me caga la carrera”, le dijo. Romina decidió continuar con el embarazo y atravesó los meses siguientes prácticamente sola. Tras el nacimiento de su hija Mía, el vínculo terminó de quebrarse. El episodio en la clínica fue otro punto límite: según contó, él reaccionó con violencia frente a la bebé y luego se retiró. A partir de allí, su presencia fue casi nula. “Vino una vez más y nunca más apareció”, aseguró.
Romina volvió a vivir con sus padres y comenzó a trabajar a los pocos días de dar a luz. “Tenía que salir adelante. No tenía opción”, explicó. Durante años, eligió el silencio. Nunca hizo pública su historia, pese a múltiples propuestas mediáticas. Su prioridad fue criar a su hija en un entorno sano, sin odio ni resentimiento. Con ayuda psicológica, fue acompañando el crecimiento de Mía, respondiendo sus preguntas con la verdad, pero cuidando su bienestar emocional.
La historia volvió al presente cuando el nombre de Eduardo Carrera empezó a sonar nuevamente para ingresar a Gran Hermano Generación Dorada. Romina tuvo que enfrentar dos situaciones al mismo tiempo: contarle a su hija quién era su padre y prepararla para verlo en pantalla. “Me paralicé cuando lo vi. Escuché su voz y recordé todo”, confesó.
Por primera vez, Mía también habló públicamente. Contó que creció sin la figura paterna, pero sin sentir su ausencia como un vacío: “Ella hizo de madre y padre. Nunca me hizo falta”, dijo sobre Romina. Al verlo en televisión, el impacto fue fuerte: “Me dio bronca y dolor que haga como si yo no existiera”. Sin embargo, dejó abierta una puerta: le gustaría conocer a su hermano por parte paterna, algo que definió como “lo único positivo” de la situación.