Un locutor demacrado, una radio en un pueblo perdido, una serie de invitados que conocen historias que desearían no conocer. Después de casi diez años del estreno de la serie animada, La frecuencia Kirlian finalmente llega a la pantalla grande con el largo que cuenta una de las leyendas más importantes de este lugar ficticio de la provincia de Buenos Aires: ¿Qué pasó la noche del cometa?
A diferencia de lo que planteó la serie, que tuvo su paso por Netflix y Flixxo, y que está próxima a desembarcar en Flow, La frecuencia Kirlian combina animación con live-action para darle forma al mito de “la noche del cometa”: un 30 de abril un extraño cuerpo celeste cayó en este pueblo y lo borró completamente del mapa. Nadie sabe qué pasó, nadie sabe cómo fueron los últimos días. A excepción del locutor de la FM 96.6.

Con reminiscencias a Los cuentos de la Cripta o a Escalofríos, Cristian Ponce nos trae cinco historias que se cuentan esa última noche de Kirlian, que parten del relato de una persona que se acerca a la radio. Ahí donde el relato paranormal empieza, es donde aparece la animación que, hay que decirlo, es tope de gama gracias al estilo simple que abraza.
Párrafo aparte tanto para la música como para el diseño de sonido de Hernán Biasotti. Ambientada en el 30 de abril de 1987, todo lo que que vemos está acompañado por sintetizadores y música que nos transporta inmediatamente a esos años. No solo por las composiciones de Marcelo Cataldo (un socio inseparable de Ponce con quien también hicieron Historia de lo oculto), sino por los distintos sonidos radiales que le dan contexto a las historias del locutor y sus invitados.
Lo mismo pasa con la dirección de arte de Hernán Bengoa. Al muy buen estilo de animación hay que sumarle un nivel de detalles alucinante que cualquiera que haya vivido o transitado un pueblo va a distinguir de inmediato. Basta con prestar atención para descubrir easter eggs por todos lados: ¿quién no se cruzó con una silla en una puerta de un chalet de pueblo, estacionada ahí porque cada tarde sale alguien a tomar un mate? ¿Quién no se acuerda de esos pisos de baldosa con dibujos coloniales? ¿Quién no picó alguna vez una pelota pulpito?
El relato sobre los niños que advierten al pueblo sobre la presencia de un monstruo no tiene nada que envidiarle a Stephen King. Tranquilamente podría estar ahí, en ese estante en donde tenemos adaptaciones como It y Bienvenidos a Derry, donde Cuenta conmigo sigue haciendo escuela. Pero, hay que ser justos, todos los segmentos están al mismo nivel porque Cristian Ponce encontró eso que quería hace muchos años y, como el vino, se pone cada vez mejor.