Egipto volvió a mover una de las piezas más sensibles de su economía: el precio de la energía. Desde mayo, el Gobierno decidió aumentar el valor del gas natural para industrias clave, una medida que impacta de lleno en la producción y que refleja un problema más profundo: el costo de sostener un sistema energético cada vez más caro.
El nuevo esquema establece subas diferenciadas según la actividad. Las cementeras, uno de los sectores más intensivos en energía, pasarán a pagar 14 dólares por millón de unidades térmicas, mientras que industrias como el acero, los fertilizantes y la petroquímica abonarán alrededor de 7,75 dólares. Otras actividades quedarán en una franja de entre 6,50 y 6,75 dólares.

Aunque el incremento no alcanza de forma directa a los hogares, sí introduce presión sobre los costos productivos. En economías donde la industria tiene fuerte peso en la cadena de valor, este tipo de ajustes suele trasladarse, tarde o temprano, a precios finales, afectando el consumo y la actividad.
Detrás de la medida hay un cambio estructural. Egipto, que en los últimos años había logrado posicionarse como productor relevante de gas en el Mediterráneo oriental, enfrenta hoy una caída en su producción local y una creciente dependencia de importaciones. Esto obligó a incrementar la compra de gas natural licuado y a recurrir a proveedores regionales en un momento en que la energía es más cara y más escasa. El resultado es una economía más expuesta a la volatilidad internacional y a los shocks geopolíticos.

El ajuste energético también responde a la necesidad de ordenar las cuentas públicas. Egipto mantiene un programa vigente con el Fondo Monetario Internacional, que incluye como eje central la reducción de subsidios.
Desde hace años, el país viene desarmando un esquema que mantenía precios artificialmente bajos para la energía. La lógica es acercar las tarifas a valores de mercado, reducir el gasto estatal y mejorar el equilibrio fiscal, aunque eso implique costos en el corto plazo. En esa línea, el aumento del gas para la industria se suma a otras medidas recientes, como las subas en combustibles y electricidad, que buscan aliviar la carga sobre el presupuesto.
El contexto internacional terminó de acelerar todo. La guerra en Medio Oriente disparó los precios del gas y el petróleo, afectando especialmente a países importadores como Egipto. Esto se traduce en mayor inflación, presión sobre la moneda y dificultades para sostener el crecimiento.
En ese escenario, el aumento del gas no es solo una decisión técnica. Es parte de un cambio más profundo: el paso de un modelo basado en energía subsidiada a otro donde los precios reflejan el costo real. El problema es el momento en que ocurre. La transición llega en medio de una crisis global, lo que la vuelve más compleja. Pero también deja una señal clara: en la nueva economía energética, el precio del gas puede definir el rumbo de toda una industria.