Rafael Grossi no llega a la carrera por la Secretaría General de Naciones Unidas como una figura decorativa ni como una candidatura de ocasión. Llega con una credencial difícil de discutir: condujo el Organismo Internacional de Energía Atómica en uno de los períodos más delicados de la seguridad global reciente, con la guerra en Ucrania, la tensión nuclear en Irán y la presión creciente sobre el sistema multilateral. En una ONU cuestionada por su lentitud, sus bloqueos y su pérdida de peso político, el argentino ofrece algo más valioso que una consigna: experiencia directa en crisis donde un error puede tener consecuencias mundiales.
El argumento a favor de Grossi es simple: la ONU no necesita solo representación simbólica, sino capacidad operativa. La próxima conducción deberá hablar con potencias enfrentadas, sostener canales abiertos donde no hay confianza y recuperar autoridad en conflictos atravesados por armas, energía, sanciones y seguridad. Grossi ya hizo ese trabajo desde el OIEA, una agencia técnica pero políticamente sensible, donde cada informe, inspección o negociación puede impactar en Washington, Moscú, Teherán, Kiev, Bruselas o Pekín. Esa combinación de precisión técnica y cintura diplomática es exactamente lo que hoy escasea en Naciones Unidas.
La candidatura de Grossi tiene una ventaja concreta frente a otros perfiles latinoamericanos: no se apoya únicamente en trayectoria política, sino en gestión internacional verificable. Como director general del OIEA, debió moverse en escenarios donde la neutralidad no es pasividad y donde el lenguaje diplomático tiene que sostenerse con hechos. En Zaporizhzhia, Irán y otras zonas de tensión, Grossi construyó presencia, instaló equipos, reclamó inspecciones y mantuvo a la agencia en el centro de discusiones que podían escalar mucho más allá del plano técnico.
Ese punto es decisivo porque el próximo secretario general no administrará una ONU cómoda, sino una organización golpeada por guerras abiertas, disputas entre potencias, crisis humanitarias y déficit de legitimidad. Grossi puede representar una salida pragmática: menos retórica, más negociación; menos gestos vacíos, más capacidad de sentar actores hostiles en una misma mesa. Para una institución que muchas veces queda atrapada entre comunicados y vetos, un perfil acostumbrado a operar bajo presión puede ser una ventaja real.

Para Argentina, la postulación de Grossi también tiene valor estratégico. No se trata solo de orgullo nacional: colocar a un diplomático argentino en la conversación por el cargo más alto de la ONU proyecta al país en una liga donde no pesan únicamente la economía o el tamaño del mercado, sino la calidad de sus cuadros técnicos. En un contexto regional donde América Latina reclama mayor presencia global, Grossi ofrece una candidatura competitiva, profesional y menos ideologizada que puede dialogar con gobiernos de signos distintos.

La ONU llega a 2026 con una pregunta de fondo: si quiere seguir siendo un foro de discursos o recuperar capacidad de intervención política. En ese dilema, Grossi aparece como una opción seria porque entiende el idioma de la seguridad, conoce la maquinaria multilateral y sabe que la diplomacia no consiste en agradar a todos, sino en evitar que los conflictos se vuelvan irreversibles. Si Naciones Unidas busca alguien capaz de moverse entre crisis reales, presiones cruzadas y decisiones difíciles, el argentino tiene un argumento sólido: ya lo viene haciendo.