Lo que había comenzado como una exclusiva expedición por algunos de los rincones más aislados del planeta terminó transformándose en una escena de angustia colectiva. A bordo del M/V Hondius, unos 150 pasajeros y tripulantes permanecen varados en el Atlántico luego de una serie de muertes vinculadas a un presunto brote de hantavirus, una enfermedad poco frecuente pero potencialmente letal.
El barco, operado por Oceanwide Expeditions, había partido en marzo desde Ushuaia en un viaje de lujo con precios que oscilaban entre 14.000 y 22.000 euros por persona. El itinerario incluía destinos extremos como la Antártida, Malvinas, Georgias del Sur y algunas de las islas más remotas del mundo, entre ellas Tristan da Cunha y Nightingale.

El primer caso fatal ocurrió el 11 de abril, cuando un pasajero neerlandés murió mientras el barco se dirigía hacia el Atlántico Sur. Su cuerpo permaneció a bordo durante 13 días, hasta ser desembarcado el 24 de abril en la isla de Santa Elena, acompañado por su esposa.
Días después, la mujer también enfermó y falleció, lo que encendió las alarmas sanitarias. A esto se sumó la muerte de un pasajero alemán, mientras que un ciudadano británico fue evacuado de urgencia a Johannesburgo, donde dio positivo por hantavirus, confirmando la presencia del virus en el brote. En total, tres personas murieron a bordo, mientras que otros pasajeros presentan síntomas o permanecen bajo observación.
El hantavirus se transmite principalmente a través del contacto con excrementos, saliva o secreciones de roedores. Puede provocar un cuadro respiratorio grave conocido como síndrome pulmonar por hantavirus, con una alta tasa de mortalidad. Si bien el contagio entre personas es extremadamente raro, no se descarta en contextos específicos, lo que aumenta la preocupación en entornos cerrados.
Uno de los aspectos más inquietantes del caso es que, según registros de redes sociales, la vida a bordo continuó con aparente normalidad incluso después de las primeras muertes.
El 1 de mayo, apenas días antes de que la situación escalara, el chef del barco publicó un video nadando en el océano junto a compañeros, en una escena de relajación total. También se difundieron imágenes de pasajeros celebrando avistamientos de fauna, como el pinzón de Wilkins, una especie en peligro crítico observada en Nightingale.
Recién con la acumulación de casos, el clima cambió por completo. Un pasajero, Jake Rosmarin, reflejó la angustia general en un video:
“No somos solo titulares. Somos personas con familias que nos esperan en casa”, dijo, visiblemente afectado.
El buque quedó sin autorización para atracar en Cabo Verde, donde las autoridades sanitarias decidieron evitar cualquier riesgo de ingreso del virus al territorio. Además, no se permitió la evacuación médica inmediata ni el desembarco de pasajeros, lo que dejó a todos a bordo en una situación de incertidumbre.
Ante este escenario, la empresa evalúa trasladar la embarcación hacia puertos europeos como Las Palmas o Tenerife, donde podrían realizarse tests masivos, controles médicos y eventuales evacuaciones. Mientras tanto, tanto en Sudáfrica como en Cabo Verde aseguraron que no existe riesgo para la población en tierra, ya que el barco se mantuvo aislado en el mar.
Este caso vuelve a poner en discusión los protocolos sanitarios en cruceros de expedición, especialmente aquellos que implican contacto con entornos naturales poco intervenidos. Islas como Tristan da Cunha son conocidas por su biodiversidad, pero también por la presencia de fauna que puede actuar como reservorio de enfermedades.

No es la primera vez que un barco queda atrapado por un brote infeccioso. Desde epidemias de cólera en el siglo XIX hasta los casos de COVID-19 en cruceros modernos, el aislamiento, la convivencia estrecha y la dificultad para evacuar rápidamente convierten a estas embarcaciones en escenarios complejos para el control sanitario.
Lo que prometía ser una travesía exclusiva por el fin del mundo terminó convirtiéndose en una crisis marcada por el miedo, la incertidumbre y el aislamiento. Hoy, quienes siguen a bordo del Hondius solo tienen un objetivo: sentirse seguros y poder volver a casa.