El 6 de mayo de 1994 quedó inaugurado oficialmente el Eurotúnel, la conexión ferroviaria bajo el Canal de la Mancha que une Reino Unido y Francia. La ceremonia fue encabezada por la reina Isabel II y el presidente francés François Mitterrand, quienes presentaron la obra como un símbolo de integración europea y cooperación tecnológica entre ambos países.
El túnel conecta Folkestone, en Kent, con Coquelles, cerca de Calais, y atraviesa unos 38 kilómetros bajo el mar. Con una longitud total de aproximadamente 50 kilómetros, fue considerado una de las grandes obras de ingeniería del siglo XX. Su construcción comenzó en 1987 y exigió excavaciones simultáneas desde ambos lados del Canal hasta lograr el encuentro de los equipos británicos y franceses bajo el agua.
El Eurotúnel modificó la relación entre Gran Bretaña y Europa continental. Antes de su apertura, el cruce dependía principalmente de ferries y aviones. Desde 1994, pasajeros, vehículos y cargas pudieron atravesar el Canal de la Mancha mediante un sistema ferroviario permanente que redujo tiempos de viaje y fortaleció el intercambio comercial.
Los autos y camiones no circulan manejando dentro del túnel. Cruzan a bordo de trenes lanzadera especiales, mientras los servicios de pasajeros utilizan trenes de alta velocidad como el Eurostar. El recorrido entre Reino Unido y Francia puede completarse en poco más de media hora, una diferencia significativa frente a los tiempos históricos del transporte marítimo.

La inauguración tuvo una carga política que superó la ingeniería. El proyecto fue interpretado como una muestra de acercamiento entre Reino Unido y Europa en una etapa de integración económica creciente. Durante años, el Eurotúnel representó la idea de una Europa cada vez más conectada, tanto física como comercialmente.

Décadas después, el Brexit alteró ese escenario político, pero no redujo la importancia estratégica de la infraestructura. El túnel sigue siendo una vía central para turismo, logística y comercio entre ambos lados del Canal de la Mancha. A más de treinta años de su inauguración, el Eurotúnel mantiene un valor simbólico y económico: la prueba de que una obra puede unir territorios incluso cuando la política vuelve a marcar distancias.