En El Living de News Digitales, Chino Biscotti no ordena su historia: la dispara. Habla de jueves vacíos, de barras llenas de punks y de un salón que terminó convirtiéndose en refugio para una generación entera. “Encontré un lugar de pertenencia fuerte”, dice. Y lo cuenta como quien todavía sigue ahí adentro, entre humo, música y gente hablando de discos hasta cualquier hora.
El Salón Pueyrredón fue mucho más que un lugar para ver bandas. “No era solo ir a recitales”, recuerda. Era quedarse tomando algo, cruzarse siempre con los mismos personajes y sentir que había un espacio propio. “Era ir a curtir”.
Y en esa época, los jueves eran tierra de nadie. “No pasaba nada”, resume. Entonces apareció una idea simple: abrir el salón, poner música y ver qué ocurría. “Musiquita y pista, nada más”.
Al principio había documentales punk pirateados, proyectores y poca gente prestando atención. “Poníamos películas y la gente terminaba hablando arriba”, cuenta entre risas. La idea mutaba sola.

Después llegaba la música. Y ahí empezó a crecer algo raro. “La caja de los jueves empezó a funcionar como la de los sábados”. Lo que arrancó como una prueba terminó convirtiéndose en una escena propia.
El ciclo fue cambiando de nombre hasta transformarse en Hong Kong Club. El salón se ambientaba como un barrio chino, con luces, decoración y amigos colgando cosas antes de abrir. “Había producción posta”.
Y empezaron a llegar las bandas. Algunas invitadas y otras que directamente pedían tocar. “Yo les decía: ‘No hay ni para pizza’”. Igual iban.
Para Biscotti, lo importante era otra cosa. “No era solo punk”, explica. Había garage, rockabilly, surf, bandas medio cramperas, gente pin-up y personajes imposibles de etiquetar. “Había contenido”.
Y eso convirtió los jueves en algo distinto. “Venían turistas y decían: ‘Mirá lo que es Buenos Aires un jueves’”. La sensación era que estaba pasando algo de verdad.

Ahí también nació su faceta como DJ. Primero con CDs, después con vinilos y bandejas. “Iba con una valijita de 200 discos”. Pero aclara que nunca fue poner música porque sí. “Me gustaba ordenar la música”.
Incluso se ríe de la transición tecnológica. “Destruí mi colección de CDs originales”. Pero detrás del chiste aparece la misma obsesión de siempre: generar un clima, una historia, una noche distinta.
En medio de esos años apareció otra historia fuerte: el vínculo con Die Toten Hosen. Y también con Pil Trafa, alguien a quien Biscotti admira profundamente. “Fue uno de los mejores piropos de mi vida”, dice sobre aquella vez que le hicieron llegar que Pil veía a Cadena Perpetua como sucesores de Los Violadores.
Todavía recuerda la primera vez que vio a los Hosen. “Dije: ‘Estos van a ser los Ramones’”. No por marketing ni nostalgia, sino por la energía brutal que tenían arriba del escenario. “No queda nada cuando tocan en vivo”.
También cuenta una escena delirante en México: un recital en un colegio alemán lleno de expatriados, mexicanos punkies y alemanes gigantes cargando cervezas entre la gente. “Eso era Alemania”, se ríe.
Pero más allá del show, lo que más le quedó fue el trato humano. “Son exageradamente buena onda”, dice sobre los Hosen. Y recuerda cómo se acercaban personalmente a ver si la banda necesitaba algo, sin intermediarios ni poses.
Cuando habla de Cadena Perpetua, el tono cambia. Ya no aparece solo la nostalgia, sino algo parecido a una declaración de principios. “La única banda que importa es Cadena”, dice.
Recuerda los años donde viajaban cinco personas apretadas en un auto para tocar donde fuera. “No importaba nada más que tocar”. Y asegura que esa lógica nunca cambió, incluso después de más de tres décadas.
Por eso durante la pandemia rechazaron streamings, autocines y recitales con burbujas. “La gente de Cadena no tiene auto”, bromea. Pero detrás del chiste había una convicción clara: “Si no era un show de verdad, no tenía sentido”.

Y para él, eso terminó fortaleciendo todavía más a la banda. “La banda no falla”, repite. Aunque hoy varios vivan lejos, siguen funcionando con la misma idea de cuando tenían veinte años. “Todos seguimos con esa convicción”.
Biscotti también confirmó que Cadena Perpetua trabaja en un disco nuevo. La música está grabada hace tiempo, pero faltaban las letras. Y no cualquier letra. “Tienen que retorcerte el alma”, explica.
“No podemos sacar algo porque sí”. Y compara esa búsqueda con canciones históricas de la banda, esas que todavía les generan una reacción física cuando las escuchan. “Si no nos mueve las tripas, no lo hacemos”.
Ahora siente que algo empezó a destrabarse. “Lo veo más cerca que nunca”. Ya hay concepto, arte y canciones tomando forma. Pero insiste con la misma lógica que atraviesa toda la charla: hacer las cosas solo cuando realmente valen la pena.
Porque, en el fondo, todo vuelve siempre al mismo lugar. A una sala llena de gente rara. A una banda tocando un jueves. A una canción que te pega en el pecho. Y a esa necesidad permanente de seguir generando algo verdadero.