José Antonio Kast eligió una señal clara: reunirse con Isaac Herzog y poner la relación con Israel otra vez en el centro de la agenda chilena. No fue apenas una foto diplomática en Costa Rica. Fue un mensaje político hacia adentro y hacia afuera: Chile puede volver a hablar con sus socios estratégicos desde el interés nacional, sin quedar atrapado en reflejos ideológicos ni en gestos de aislamiento.
El encuentro importa porque llega después de años de tensión entre Santiago e Israel. Durante el gobierno de Gabriel Boric, Chile elevó el tono de distancia diplomática por la guerra en Gaza y convirtió esa posición en una marca de política exterior. Kast, en cambio, parece apostar por otro camino: mantener una voz propia, pero recuperar canales de diálogo con un país clave en seguridad, innovación, tecnología agrícola, defensa, inteligencia y cooperación internacional.
El mérito político de Kast está en leer el cambio de época. América Latina ya no puede darse el lujo de administrar su política exterior como una sucesión de gestos testimoniales. La seguridad regional, el crimen organizado, las fronteras, la ciberdefensa y la innovación obligan a construir alianzas útiles. Israel, con todas las controversias que rodean su conflicto en Medio Oriente, sigue siendo un actor central en esas áreas.
Por eso la bilateral con Herzog permite mostrar a Kast como un presidente más preocupado por resultados que por consignas. Reabrir conversaciones no significa renunciar a principios ni ignorar la dimensión humanitaria de Gaza. Significa entender que un Estado serio no corta puentes cuando necesita influencia, información y capacidad de negociación. En política exterior, el vacío no es neutral: lo ocupan otros.

El movimiento también ordena a Chile dentro de un mapa regional que empieza a cambiar. Javier Milei en Argentina y Santiago Peña en Paraguay ya instalaron una línea de acercamiento fuerte con Israel. Kast puede darle a ese eje una dimensión nueva: no solo ideológica, sino estratégica. Si Chile participa con pragmatismo, puede transformar una afinidad política en cooperación concreta, comercio, inversión y capacidad tecnológica.

Ese es el punto donde Kast tiene una oportunidad. Su gesto con Herzog no debería leerse solo como alineamiento internacional, sino como una corrección de rumbo: Chile vuelve a buscar peso, interlocución y previsibilidad. En una región marcada por gobiernos que muchas veces confunden diplomacia con declaración moral, Kast aparece decidido a recuperar una política exterior con brújula, aliados claros y una pregunta práctica de fondo: qué gana Chile cuando vuelve a sentarse en la mesa donde se toman decisiones.