La presidenta mexicana Claudia Sheinbaum intentó bajar el tono a una discusión que escaló rápido en México. Después de que la Secretaría de Educación Pública analizara adelantar más de un mes el cierre del ciclo escolar 2025-2026 por el Mundial y las olas de calor, el Gobierno aclaró que la iniciativa todavía está bajo evaluación y no fue oficializada. El debate, sin embargo, ya quedó instalado entre sindicatos, familias y especialistas en educación.
La propuesta implicaba mover el final de clases del 15 de julio al 5 de junio, una reducción cercana a 40 días en el calendario público. Aunque el Mundial 2026 tendrá sedes en Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey, la discusión se volvió nacional porque toca un punto sensible para toda América Latina: cuántas horas efectivas de aprendizaje sostienen sistemas educativos que ya vienen golpeados por ausentismo, bajo rendimiento y presión presupuestaria. La tensión entre espectáculo global y calendario escolar apareció así como un nuevo frente político.
México tiene actualmente un esquema oficial de 185 días de clase para educación básica, mientras que Argentina ratificó 190 días para 2026 y Chile mantendrá un calendario extendido entre marzo y diciembre. La comparación regional empezó a circular entre especialistas porque el recorte mexicano no surge por una emergencia sanitaria o climática puntual, sino alrededor de un megaevento deportivo y del impacto de las altas temperaturas sobre las escuelas públicas.
El trasfondo económico también quedó expuesto. Datos de la OCDE muestran que México redujo su gasto educativo por estudiante en los últimos años y que la participación de educación dentro del gasto público total también cayó. En paralelo, Chile mantiene uno de los niveles de inversión educativa más altos de la región. La discusión ya no pasa solo por cuántos días figuran en un calendario, sino por cuánto aprendizaje real obtiene el contribuyente con ese gasto.

El caso mexicano impacta además sobre países futboleros como Argentina, donde el Mundial 2026 ocupará otra vez meses enteros de agenda pública, política y comercial. La diferencia es que, mientras México discute si el torneo justifica alterar el calendario escolar, el Gobierno argentino eligió sostener la meta de 190 días pese al ajuste fiscal y las tensiones presupuestarias provinciales. Esa comparación empezó a aparecer como argumento político en ambos sentidos.

La discusión también revela un problema estructural latinoamericano. En muchos países, los calendarios escolares terminan atravesados por conflictos salariales, olas de calor, infraestructura deficiente o decisiones políticas coyunturales. El Mundial solo aceleró una discusión previa: si la región puede sostener continuidad educativa estable o si los días de clase siguen siendo una variable negociable ante cada crisis o evento extraordinario.