Damián Saban no recuerda un momento exacto en el que la danza apareció en su vida porque, según cuenta, siempre estuvo ahí. Primero como juego, después como necesidad y finalmente como una forma de habitar el mundo. En su paso por El Living de News Digitales, el bailarín y coreógrafo repasó su historia desde Hermoso Campo, Chaco, hasta convertirse en una de las figuras Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín.
La escena, que en otro contexto podría haber quedado apenas como una anécdota familiar, terminó marcando un camino. Mientras algunos vecinos alertaban a su madre por “el nene que corría con una pollera”, ella entendió que había algo más profundo detrás de ese impulso. Así llegaron las primeras clases de folklore, los actos escolares, las coreografías improvisadas y una certeza que se fue volviendo cada vez más fuerte: bailar no era un hobby.

“Siempre tuve la sensación de que esto tenía un objetivo”, explicó durante su paso por El Living de News Digitales. Y esa convicción lo acompañó desde muy chico: mientras cursaba la escuela ya daba clases, viajaba para competir y organizaba presentaciones en su pueblo.
La danza empezó a abrirle puertas rápidamente. Becas, talleres y nuevos estilos fueron ampliando el horizonte de un adolescente que entendía que el movimiento podía llevarlo mucho más lejos que los límites de Hermoso Campo. Primero fue Charata, después Resistencia y finalmente Buenos Aires.
El salto a la capital llegó a los 19 años, impulsado por un encuentro clave con integrantes de la Compañía Nacional de Danza Contemporánea. Uno de ellos, Daniel Payero Zaragoza, lo vio bailar en un seminario y le dijo algo que terminaría cambiándole la vida: “Vos no tenés que estar acá”.
Sin contactos, sin dinero y con apenas la ayuda de amigos que le ofrecieron hospedaje, Saban llegó a Buenos Aires decidido a audicionar para el Taller de Danza del Teatro San Martín. Entró en el primer intento. Hoy, diez años después, es una de las figuras del Ballet Contemporáneo del San Martín y un referente dentro de la escena contemporánea argentina.

Pero el camino no estuvo exento de tensiones. El bailarín recordó las dificultades laborales históricas del sector y el conflicto que derivó en la creación de la Compañía Nacional de Danza Contemporánea tras denuncias por precarización en el ámbito oficial. “Todavía seguimos teniendo que explicar que esto es un trabajo”, sostuvo.
Con el paso del tiempo, Saban empezó a construir también una identidad como coreógrafo. Obras como Sapiens Rabia marcaron un punto de quiebre en su manera de pensar la creación y le permitieron descubrir una voz propia dentro de la danza contemporánea.
Hoy dirige “Saban Compañía”, un espacio flexible que reúne bailarines según cada proyecto y funciona como plataforma para artistas jóvenes que buscan oportunidades en un circuito cada vez más reducido. Además, trabaja junto al Ballet por la Igualdad, vinculado a la Fundación Igualdad, donde impulsa propuestas artísticas atravesadas por la inclusión y la diversidad.
Entre sus proyectos recientes aparece Atemporal, despertando en sombras, una obra nacida desde experiencias personales, y también Desvinculados, el largo camino del encuentro, una videodanza filmada en distintos espacios del Teatro San Martín que reflexiona sobre los vínculos líquidos y las relaciones atravesadas por la tecnología.

“La danza me interesa desde lo emocional, desde lo psicológico, desde lo que nos pasa como personas”, explicó. Sus creaciones, lejos de buscar únicamente impacto visual, exploran estados internos, fragilidades y tensiones humanas.
Durante la charla, Saban volvió varias veces sobre una idea central: el movimiento como origen de todo. Más allá de las estructuras formales de la danza, reivindicó el placer físico y emocional que aparece cuando el cuerpo se mueve sin prejuicios.
Por eso también comenzó a desarrollar entrenamientos inspirados en la técnica Gaga —creada por Ohad Naharin— mezclados con herramientas propias. Clases abiertas, sensoriales y guiadas desde imágenes y emociones más que desde la rigidez técnica tradicional.
“Antes decía que la danza era todo en mi vida. Hoy digo que es mi compañera”, reflexionó. El cambio, según contó, tiene que ver con aprender a separarse del personaje del bailarín para encontrarse también con Damián fuera del escenario.

Esa búsqueda personal convive con una preocupación constante por la situación cultural actual. Hacia el final de la entrevista, el artista habló del cierre de espacios, la precarización laboral y la falta de una ley que proteja específicamente a los trabajadores de la danza.
“Hay vaciamiento y cada vez menos condiciones dignas. Necesitamos que se entienda que la danza también es trabajo”, advirtió.
Sin embargo, lejos del pesimismo absoluto, Saban sigue apostando al movimiento. A crear, enseñar, viajar y abrir caminos para otros bailarines. Porque si algo aprendió desde aquel primer vuelo de una pollera en Hermoso Campo es que moverse, para él, siempre fue una forma de existir.