De chico, Alejandro Camporini acompañaba a su abuela a caminar entre los montes de Claromecó donde crecían algunos pinos piñoneros. Entre esas recorridas familiares conoció por primera vez el piñón, un fruto prácticamente desconocido en Argentina pero muy valorado en la cocina mediterránea. Décadas después, aquel recuerdo de su infancia terminó convirtiéndose en un proyecto productivo pionero: producir y exportar piñones argentinos hacia Europa.
“Yo ya de chiquito iba con mi abuela o mis familiares a un monte acá en Claromecó donde había algunas plantaciones de estos pinos. Ahí mamé esto de entrada, el conocimiento del piñón”, recordó el ingeniero forestal, que hoy lleva más de veinte años impulsando plantaciones de Pinus pinea en la costa bonaerense, en comunicación con NewsDigitales.
Ese vínculo temprano con el árbol nunca desapareció. Lo acompañó cuando se fue a estudiar Ingeniería Forestal a La Plata y también cuando regresó a la región para trabajar en proyectos forestales. Incluso cuando nadie hablaba de producir piñones en Argentina, él seguía incorporando algunos ejemplares en cada forestación que realizaba, convencido de que algún día podían tener valor productivo.
“Siempre incorporaba esta especie pensando que algún día seguramente se pudiera aprovechar la semilla y el piñón”, contó.
Durante décadas, el pino piñonero fue para Alejandro una especie experimental. Las forestaciones principales se hacían con otros objetivos, pero él siempre encontraba la manera de sumar algunos ejemplares.
“No eran grandes plantaciones. Eran pequeños ensayos, de hasta diez hectáreas”, explicó.
En los años 90, además, un episodio reforzó todavía más esa intuición. Técnicos españoles llegaron a Claromecó para realizar algunas cosechas en antiguas plantaciones de la zona. La experiencia duró poco por la baja escala productiva, pero dejó una idea dando vueltas.
“Ellos no volvieron más porque las cantidades eran pequeñas, pero la idea quedó ahí y yo siempre la mantuve”, recordó.
Forestación de pino piñonero El camino tampoco fue sencillo. En 2001, un incendio destruyó el vivero municipal y arrasó buena parte de las plantaciones históricas de la región. Muchas se perdieron. Las más nuevas sobrevivieron, aunque todavía eran demasiado jóvenes para producir.
Con el tiempo, algunos de aquellos árboles plantados, casi como una intuición, empezaron finalmente a dar frutos.
El negocio del piñón está lejos de la lógica inmediata de otros cultivos. El pino piñonero crece lento y exige paciencia.
“La producción empieza recién a los ocho o diez años. Hay que esperar mucho”, explicó Camporini.
Además, el manejo forestal es clave. El árbol necesita espacio, poda y raleo. Si el monte queda demasiado denso, la producción cae drásticamente.
“No todas las plantas dan bien. Tiene que plantarse a baja densidad y después ir raleando para que el árbol tenga espacio”, señaló.
Por eso el proyecto más importante en el que trabaja actualmente ya fue pensado específicamente para producir piñones. Se trata de unas 200 hectáreas forestadas, en un campo privado de la costa de Coronel Dorrego.
El ingeniero forestal Alejandro CamporiniLa iniciativa comenzó en 2018, cuando los propietarios querían forestar parte del establecimiento sin un objetivo productivo definido. Camporini les propuso apostar por el Pinus pinea.
“Ellos querían forestar una parte del campo. Se dedican a la ganadería y en la parte más costera querían plantar. Les planteé la idea y les dije que el día de mañana podíamos tener un rédito con los piñones. No buscaban hacer aserradero ni producción de madera, así que les gustó la propuesta”, contó.
La recolección sigue siendo completamente artesanal y conserva métodos muy similares a los utilizados históricamente en España.
Cuando los árboles son jóvenes, las piñas se bajan con largas varas terminadas en ganchos. Pero cuando superan los 15 o 20 años, el trabajo se vuelve mucho más exigente.
“Hay que subirse a la planta y tirar las piñas desde arriba”, describió.
Cuando las plantas tienen más de diez años la cosecha se hace en altura Las piñas recolectadas se almacenan durante meses hasta la llegada de los primeros calores de primavera. Entonces se dejan al sol, para que se abran naturalmente y liberen las semillas.
Después comienza otro proceso todavía más complejo: extraer el piñón blanco comestible.
Camporini utiliza una vieja máquina moledora rescatada casi de casualidad. Había quedado abandonada desde la época en que los españoles realizaron las primeras experiencias en Claromecó.
“La reacondicioné y la hice funcionar de nuevo. Es una máquina artesanal, antigua, de las que se usaban antes en España”, explicó.
El resto del trabajo todavía lo hace prácticamente a mano. Limpia las semillas con zarandas para quitar el polvillo negro y luego utiliza rodillos para partir la cáscara y obtener el piñón.
“Allá en España entra la piña por un lado y sale el piñón listo por el otro. Acá lo hago de manera totalmente artesanal”, resumió.
La escala también es reducida. Para obtener apenas cuatro kilos de piñón blanco hacen falta unos cien kilos de piñas.
La primera exportación argentina
Después de años de pruebas, Camporini decidió dar un paso más. Junto al inversor Ariel Saconne comenzó a trabajar en la posibilidad de exportar el producto.
Para eso fue clave el vínculo con Agustí Noguera, un comerciante catalán especializado en piñones a quien conoció a fines de los años 90 intercambiando información técnica sobre la especie.
Con varias cosechas acumuladas, enviaron un primer cargamento experimental hacia Europa.
Las piñas recolectadas se almacenan durante meses“Más que nada queríamos aprender cómo era exportar, qué permisos había que sacar y qué dificultades podían aparecer”, recordó.
La experiencia también dejó problemas y aprendizaje. El SENASA observó que la semilla tenía demasiado polvillo y obligó a limpiar bolsa por bolsa con zarandas improvisadas.
“Fueron errores propios de arrancar algo totalmente nuevo”, admitió.
Sin embargo, el resultado final fue alentador: la calidad del producto argentino sorprendió favorablemente en España.
La primera exportación comercial fue de 6.000 kilos de semilla con cáscara en 2024 – luego de dos temporadas de cosecha-. El piñón todavía no podía procesarse en Argentina por falta de tecnología adecuada.
Aunque el consumo en Argentina todavía es muy reducido, Camporini asegura que existe un interés creciente en algunos sectores gastronómicos.
En el mercado local aparece además una competencia de menor calidad proveniente de China, que también se replica en Europa.
“Es un piñoncito más chico y tiene otras características fisiológicas. No es el mismo sabor, pero le compite”, explicó sobre un producto que en Argentina puede superar los $100.000 por kilo.

El piñón europeo es caro y escaso. Puede cotizar entre 60 y 80 euros y se utiliza principalmente en gastronomía, pastelería y cocina mediterránea.
“El verdadero pesto italiano lleva piñones”, destacó Camporini.
España concentra cerca del 70% de la producción mundial, principalmente en la zona de Valladolid y Pedrajas de San Esteban, pero atraviesa una crisis productiva por plagas que afectan los bosques tradicionales de pino piñonero.
“Allá están teniendo cada vez más problemas y todo lo que se produzca acá tendría mercado enseguida”, aseguró.
Sin embargo, reconoce que todavía falta muchísimo para pensar en una industria consolidada. Hoy las plantaciones son escasas y la producción sigue siendo mínima.
“El único que ha hecho esto soy yo, creo. No conozco a nadie que haya encarado algo así”, afirmó.
Un proyecto que todavía está creciendo
Por ahora, el piñón todavía no le permite vivir exclusivamente de esta actividad. Pero después de más de dos décadas insistiendo con una especie desconocida para la mayoría de los productores argentinos, Camporini siente que el esfuerzo empezó a dar resultados.
“Lo arranqué con mucha desconfianza, pensando ‘voy a plantar y ver qué pasa’”, recordó.
Ahora busca perfeccionar la maquinaria para procesar el producto en Argentina y venderlo directamente en el mercado local. Ya tiene pedidos de algunos chefs y sigue intentando mejorar cada etapa del proceso.
Alejandro junto a su antigua máquina moledora de piña “Después de tanto sacrificio llegó. Aspiro a que el día de mañana este proyecto que inició la gente que invirtió pueda crecer, generar mano de obra y que se siga plantando. Vamos en camino a eso”, concluyó.