Las elecciones parlamentarias armenias dejaron de ser un proceso político local para convertirse en uno de los termómetros geopolíticos más delicados del espacio postsoviético. Lo que está en juego ya no es solamente quién gobernará el país, sino qué dirección estratégica tomará Armenia después de la pérdida de Karabaj y del deterioro histórico de su relación con Rusia.
En ese contexto, el gobierno de Nikol Pashinyan llega a la campaña con una ventaja importante en encuestas y con una oposición todavía fragmentada. Sin embargo, detrás de esa aparente estabilidad electoral persiste una sociedad profundamente dividida entre quienes priorizan evitar una nueva guerra y quienes consideran que el oficialismo simboliza una derrota nacional.
La elección funciona así como una disputa simultánea sobre seguridad, identidad y orientación internacional.
Las últimas encuestas nacionales muestran que el partido gobernante “Civil Contract” mantiene ventaja frente a los sectores opositores. Parte de esa fortaleza no surge necesariamente de entusiasmo político, sino de un fenómeno mucho más defensivo: una parte considerable de la sociedad teme que un cambio abrupto reactive tensiones militares con Azerbaiyán o profundice todavía más la inestabilidad regional.
Después del colapso de Nagorno Karabaj, muchos votantes parecen haber desplazado sus prioridades desde el nacionalismo hacia la supervivencia política y económica del Estado armenio. Ese cambio resulta central para entender el escenario actual.
Pashinyan construyó gran parte de su campaña alrededor de una idea concreta: Armenia necesita estabilizarse antes de volver a confrontar militarmente en el Cáucaso. Esa narrativa empieza a encontrar receptividad en sectores urbanos, jóvenes y moderados que consideran que el país ya no tiene margen para otra guerra regional.
Aunque la derrota de Karabaj debilitó profundamente al oficialismo, la oposición no consiguió transformar ese desgaste en una mayoría política organizada. Los principales sectores opositores continúan divididos entre nacionalistas duros, dirigentes cercanos a Moscú y representantes del antiguo establishment postsoviético. Esa fragmentación termina beneficiando al gobierno.
Además, persiste un problema estructural para los espacios opositores: una parte importante de la sociedad todavía asocia a las viejas élites con corrupción, dependencia excesiva de Rusia y modelos políticos anteriores a la Revolución de Terciopelo de 2018.
El ex presidente Robert Kocharyan mantiene influencia dentro del electorado conservador, especialmente en sectores más alineados con Moscú y con posiciones nacionalistas tradicionales. Pero incluso dentro de la oposición existen dificultades para construir un liderazgo capaz de unificar todo el voto anti-Pashinyan. Eso explica por qué el oficialismo continúa liderando sondeos pese al enorme desgaste acumulado desde la guerra.
Uno de los aspectos más delicados de la elección es el creciente deterioro de la relación entre Armenia y Russia.
Durante décadas, Moscú funcionó como principal garante de seguridad armenio en el Cáucaso Sur. Pero después de la ofensiva azerí y la caída definitiva de Nagorno Karabaj, amplios sectores de la sociedad comenzaron a percibir que el Kremlin abandonó a su aliado histórico en el momento más crítico. Ese sentimiento alteró profundamente el equilibrio político interno.
Aprovechando esa crisis de confianza, el gobierno armenio aceleró vínculos con Europa y especialmente con Francia, mientras Rusia empezó a advertir públicamente sobre el riesgo de que Armenia ingrese en una “órbita anti-rusa”.
Detrás de esas declaraciones aparece una preocupación estratégica mucho mayor: el Kremlin teme perder influencia en una región clave para corredores energéticos, seguridad regional y equilibrio militar postsoviético.
La Unión Europea observa el escenario armenio desde una lógica completamente distinta. Para Bruselas, el debilitamiento de la influencia rusa en el Cáucaso abre una oportunidad para aumentar presencia política en una región históricamente dominada por Moscú. Por eso, el respaldo europeo hacia Pashinyan empezó a intensificarse durante los últimos meses.
Francia asumió un rol particularmente activo tanto en apoyo diplomático como en cooperación política con Ereván. Ese acercamiento no responde únicamente a afinidades ideológicas: también refleja una competencia creciente entre Europa y Rusia por influencia regional.
En consecuencia, las elecciones armenias empiezan a ser vistas como una disputa indirecta entre dos modelos geopolíticos opuestos.
Pese a las discusiones sobre economía, seguridad y política exterior, el factor emocional sigue condicionando toda la campaña.
La pérdida de Karabaj no solamente modificó fronteras. También dejó una sensación de humillación nacional, frustración social y crisis identitaria que todavía atraviesa a buena parte de la sociedad armenia. Ese trauma explica la intensidad política actual.
Mientras algunos sectores sostienen que Armenia necesita abandonar viejas lógicas militares y adaptarse a un escenario regional más desfavorable, otros consideran que cualquier concesión representa una renuncia histórica a la identidad nacional armenia. Por eso, estas elecciones no aparecen únicamente como una competencia partidaria convencional.
Funcionan, en realidad, como una discusión existencial sobre qué país intentará construir Armenia después de la mayor derrota política y territorial de su historia reciente.