La entrada en vigencia del acuerdo comercial entre el Mercosur y la Unión Europea abrió una nueva etapa para el bloque sudamericano. Después de años de negociaciones trabadas, el pacto con Europa funciona como una señal política y económica hacia otros socios: el Mercosur vuelve a mostrarse como una plataforma capaz de cerrar acuerdos de gran escala y de ofrecer acceso a un mercado regional con peso agroindustrial, energético y de consumo.
El efecto inmediato aparece en dos frentes: Canadá y Japón. Con Ottawa, la negociación está más avanzada porque el diálogo formal por un tratado de libre comercio comenzó en 2018 y fue reactivado en los últimos meses. Con Tokio, el camino es más exploratorio, pero estratégico: el Mercosur y Japón ya abrieron un marco de asociación que puede derivar en un acuerdo económico más amplio. La diferencia es importante: Canadá está más cerca de una negociación concreta; Japón todavía mide el terreno.
Para Canadá, el Mercosur representa una oportunidad de diversificación comercial. En un contexto global marcado por tensiones con Estados Unidos, competencia con China y reordenamiento de cadenas de suministro, avanzar con Sudamérica le permite abrir mercados para bienes, servicios, inversión y compras públicas. La región también ofrece alimentos, energía, minerales y una base de consumidores que vuelve más atractivo un tratado amplio.
Pero la negociación no está libre de resistencias. Sectores ganaderos canadienses ya expresaron preocupación por una eventual apertura a carne del Mercosur, especialmente por la competencia de Brasil y Argentina. Ese punto anticipa una discusión clásica de los acuerdos comerciales: mientras exportadores e industrias competitivas ven oportunidades, otros sectores reclaman protección frente a jugadores externos con menores costos o mayor escala.

El caso japonés tiene otra lógica. Japón no aparece todavía en la misma fase que Canadá, pero su interés por el Mercosur crece por razones de largo plazo: seguridad alimentaria, transición energética, minerales críticos, cadenas de suministro y presencia geopolítica en América del Sur. Para Tokio, el bloque puede funcionar como proveedor estable de alimentos, energía y materias primas estratégicas.
Para Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay, una agenda con Japón permitiría reducir dependencia de mercados tradicionales y sumar un socio tecnológico de primer nivel. El desafío estará en convertir el interés diplomático en una negociación real, con beneficios concretos para exportadores, industrias regionales y sectores vinculados a innovación, infraestructura y energía.

La nueva dinámica externa del Mercosur abre una oportunidad para Argentina. El país puede ganar acceso preferencial para alimentos, economía del conocimiento, minería, energía y manufacturas integradas a cadenas regionales. Si el bloque logra acumular acuerdos con Europa, Canadá, Japón y otros socios, las empresas argentinas podrían operar desde una plataforma comercial más amplia y menos dependiente de ciclos internos.
El riesgo es firmar acuerdos sin preparar la competitividad local. Abrir mercados exige infraestructura, crédito exportador, reglas estables, logística eficiente y una estrategia industrial capaz de aprovechar preferencias arancelarias. El acuerdo con Europa no es un punto de llegada: es una señal de largada. Canadá acelera, Japón observa y el Mercosur vuelve a estar en juego. La pregunta para Argentina es si llegará preparada para vender más o si solo mirará cómo otros aprovechan la apertura.