Buckingham Palace es uno de los símbolos más reconocidos de la monarquía británica, pero Carlos III no vive allí. Aunque el edificio sigue siendo la sede oficial de la Corona, el rey mantiene su residencia principal en Clarence House y muchas actividades diplomáticas fueron trasladadas a otros escenarios reales.
El motivo principal es una gigantesca restauración iniciada por Isabel II en 2017. La reina aprobó un ambicioso plan de reformas después de que informes técnicos detectaran problemas estructurales en sectores que todavía conservaban instalaciones de la posguerra.
Las obras incluyen el reemplazo de cableado eléctrico, cañerías, sistemas de calefacción y medidas de seguridad. También se modernizan ascensores, accesos y espacios internos para adaptar el edificio a estándares actuales. El objetivo es evitar incendios, filtraciones y fallas en una construcción que tiene más de 700 habitaciones y recibe miles de visitas oficiales cada año. El proyecto, valuado en cientos de millones de libras, tiene fecha estimada de finalización para 2027.
Aunque hoy es el corazón simbólico de la realeza británica, Buckingham Palace originalmente no fue construido como palacio. El edificio nació en 1703 como una mansión privada del duque de Buckingham y recién décadas más tarde pasó a manos de la familia real.
La reina Victoria fue la primera monarca en convertirlo en residencia oficial en 1837. Desde entonces, el lugar quedó asociado a algunos de los momentos más importantes de la historia británica: bodas reales, visitas de Estado, celebraciones desde el famoso balcón y reuniones diplomáticas con líderes de todo el mundo.
Durante la Segunda Guerra Mundial, incluso fue alcanzado por bombas alemanas. Aun así, la familia real decidió permanecer en el palacio como gesto simbólico en medio de los bombardeos sobre la capital británica. Pasaban muchas noches en el Castillo de Windsor por seguridad, la familia real decidió mantener al palacio como centro visible de sus actividades durante el Blitz.

Carlos III y Camila viven principalmente en Clarence House, una residencia ubicada muy cerca de Buckingham Palace y considerablemente más pequeña. Allí ya residían antes de la muerte de Isabel II.
Según trascendió en medios británicos, el actual monarca considera que Buckingham Palace es demasiado grande para la vida cotidiana y prefiere un esquema más práctico y privado.

Mientras tanto, el Castillo de Windsor ganó protagonismo como escenario de ceremonias y recepciones oficiales. Varias visitas de Estado comenzaron a realizarse allí mientras continúan las obras en Londres. Aunque Buckingham Palace sigue siendo el gran ícono de la monarquía británica, la vida diaria de Carlos III transcurre lejos de los históricos balcones que durante décadas definieron la imagen pública de la Corona.