En medio de la creciente tensión interna del peronismo bonaerense, La Cámpora volvió a poner sobre la mesa el pasado más crítico de Axel Kicillof respecto del kirchnerismo de los primeros años.
El encargado de hacerlo fue el diputado provincial Facundo Tignanelli, uno de los dirigentes más cercanos a Máximo Kirchner.
Uno de los documentos más recordados data del 2004 en el que el actual gobernador bonaerense cuestionaba el rumbo económico del gobierno de Néstor Kirchner y de su ministro de Economía, Roberto Lavagna.
El trabajo, titulado “Las consecuencias económicas del Sr. Lavagna”, fue elaborado en el ámbito del CENDA junto a otros economistas que años después integrarían el núcleo duro del kirchnerismo económico, entre ellos Augusto Costa, hoy ministro de Producción de la provincia de Buenos Aires y uno de los funcionarios de máxima confianza de Kicillof.
El texto representa una radiografía del pensamiento económico de Kicillof en los años posteriores a la crisis de 2001: una mirada muy crítica de la convertibilidad y del modelo neoliberal de los 90, pero también profundamente desconforme con la salida económica encarada por Eduardo Duhalde y luego continuada por Kirchner.
La discusión reapareció luego de un mensaje publicado por Facundo Tignanelli en redes sociales, donde contrastó a quienes acompañaban políticamente a Néstor Kirchner con quienes, desde espacios académicos o técnicos, cuestionaban su gestión.
“Hace 20 años atrás, podías estar votando la ley de educación, la ESI, la ley de financiamiento educativo, entre otras. O podías con tu ONG estar criticando al gobierno de Néstor Kirchner”, escribió el legislador camporista.
Y agregó una referencia directa a Kicillof y su entorno político: “Por ahí los que abrazaron al peronismo después de cumplir 40 años no sabían esto”.
El mensaje buscó reinstalar una vieja discusión dentro del kirchnerismo: el vínculo inicial, distante y crítico, que varios integrantes del actual espacio político de Kicillof tenían con el gobierno de Néstor Kirchner durante sus primeros años.
Hace 20 años atrás, podías estar votando la ley de educación, la esi, la ley de financiamiento educativo, entre otras.
— Facundo Tignanelli (@mojatignanelli) May 10, 2026
O podías con tu ong estar criticando al gobierno de Néstor Kirchner al que previamente habías vaticinado que era el peon de Bush en Sudamerica. @TereGarciaOK…
El documento de 2004 comienza con una fuerte impugnación al régimen de convertibilidad. Kicillof y sus coautores describían el crecimiento de los años noventa como un “espejismo” sostenido artificialmente por el peso sobrevaluado y el endeudamiento externo.
Según el análisis, la apertura económica y la valorización financiera habían destruido buena parte del entramado industrial argentino, debilitando la capacidad productiva nacional y generando una fuerte dependencia del capital extranjero.
Esa mirada sería luego uno de los pilares discursivos del kirchnerismo económico durante los gobiernos de Cristina Kirchner, especialmente en las discusiones sobre industria nacional, sustitución de importaciones y regulación del comercio exterior.
Sin embargo, el texto no se detenía en las críticas al neoliberalismo. También apuntaba contra el rumbo económico posterior a la devaluación de 2002 y el programa implementado por Lavagna durante las presidencias de Duhalde y Kirchner.
Uno de los ejes centrales era el cuestionamiento a la estrategia de crecimiento basada en salarios bajos y tipo de cambio alto.
“La política elegida parece estar más en línea con la primera vía que con la segunda”, sostenía el documento al comparar dos modelos posibles de recuperación económica. Según Kicillof, el Gobierno apostaba a una industria “tecnológicamente obsoleta” que compensaba sus problemas de competitividad con “los deprimidos salarios en términos internacionales”.
El trabajo afirmaba que, tras la devaluación, un salario industrial promedio había pasado de equivaler a 660 dólares a apenas 220 dólares mensuales en términos internacionales.
Para los autores, el Gobierno estaba dejando librada la recuperación económica a mecanismos espontáneos del mercado, en lugar de impulsar una política industrial agresiva con inversión pública y financiamiento estatal.
“La otra opción que se abre para la Argentina es la de encarar una activa política de desarrollo con altos niveles de inversión con financiación pública, orientada a industrias estratégicas y acompañada por un progreso sostenido de los niveles salariales”, planteaban. Ese camino, según Kicillof, no había sido elegido por Duhalde-Kirchner.

El documento también cuestionaba la falta de medidas más profundas para redistribuir ingresos y apropiarse de la renta extraordinaria del campo y del sector energético.
“Poco se ha avanzado en otras direcciones que implicarían apropiar masivamente la renta de la tierra aun a costa de la oposición de los terratenientes y productores de hidrocarburos”, señalaba el texto.
Ese planteo anticipaba varios de los debates que años después dominarían la política argentina, especialmente durante el conflicto por la resolución 125 en 2008, cuando el kirchnerismo intentó aumentar las retenciones móviles al agro.
Otro de los puntos más duros del trabajo estaba centrado en las condiciones sociales posteriores a la crisis de 2001.
Kicillof y sus colegas describían como “catastrófica” la pérdida del poder adquisitivo provocada por la devaluación y consideraban “claramente insuficientes” los aumentos salariales y jubilatorios aplicados hasta entonces.
“La respuesta del gobierno ante este estado de emergencia no ha sido, por el momento, ni enérgica ni contundente”, afirmaba sobre la gestión Kirchner.
También cuestionaban el alcance de la asistencia social. Aunque reconocían la continuidad del Plan Jefes y Jefas de Hogar implementado durante la gestión de Duhalde, advertían que la inflación había “devorado” el valor real del subsidio de 150 pesos.
Incluso criticaban que el Gobierno priorizara la bancarización de los beneficiarios antes que una expansión más fuerte de la ayuda social.

Quizás uno de los pasajes más sensibles políticamente era el referido al superávit fiscal, una de las principales banderas económicas del kirchnerismo en esos años.
El documento sostenía que el equilibrio de las cuentas públicas no era producto de un proceso virtuoso sino del deterioro salarial y de la renta extraordinaria derivada de la devaluación.
“Lo que no se menciona es el origen de los pagos acordados: el superávit que surge de la renta de la tierra argentina y del trabajo pagado por debajo de lo que vale de los trabajadores argentinos”, advertía el texto.
Y agregaba otra crítica de fondo: “Ese superávit destinado a los pagos externos sólo se mantiene sobre la base de renta de la tierra y salarios bajos”.
En esa línea, el trabajo acusaba al Gobierno de priorizar el pago de la deuda externa antes que la recomposición de ingresos y el fortalecimiento del mercado interno.
Con el paso del tiempo, Axel Kicillof terminó convirtiéndose en uno de los principales referentes económicos y políticos del kirchnerismo. Fue viceministro de Economía, ministro durante el segundo mandato de Cristina Kirchner y luego gobernador bonaerense.
Sin embargo, aquel documento de 2004 muestra otra etapa de su recorrido político e intelectual: la de un economista heterodoxo que observaba al gobierno de Néstor Kirchner desde afuera y que lo cuestionaba por considerar insuficiente su nivel de intervención estatal, su política redistributiva y su estrategia industrial.