13/05/2026 - Edición Nº1191

Internacionales

Derecha regional

Por qué José Antonio Kast se volvió un test regional para Milei

12/05/2026 | La crítica de Zaldívar en Chile abre una pregunta argentina: cómo se gobierna cuando el discurso de orden llega al Estado.



Andrés Zaldívar no habló como un dirigente de campaña ni como un opositor de reflejo. A los 90 años, el histórico referente de la Democracia Cristiana chilena miró al Gobierno de José Antonio Kast desde una experiencia larga en Hacienda, Interior, Senado y transición democrática. Su diagnóstico fue directo: al oficialismo chileno le faltan bagaje, escucha y estructura. En una región acostumbrada a leer la política como pelea de consignas, la frase instala otra vara: la estructura pesa tanto como el programa.

El punto interesa en Argentina porque Kast no es un actor lejano. El presidente chileno eligió Buenos Aires como primer viaje internacional después de asumir y se reunió con Javier Milei en Casa Rosada. El comunicado bilateral habló de coincidencias en agenda regional y global, respaldo chileno al reclamo argentino por Malvinas, seguridad, comercio, inversiones, energía, minería y conectividad. La entrevista de Zaldívar cambia entonces de escala: ya no es solo una advertencia chilena, sino un espejo para una derecha regional que intenta gobernar con promesa de orden.

Chile 


Chile es un país largo y angosto que se extiende por el borde occidental de Sudamérica, con más de 6,000 km de costa en el océano Pacífico.

El test de gobernar

La pregunta de fondo no es si Kast y Milei comparten afinidad ideológica. Eso ya fue explicitado por ambos gobiernos en la agenda bilateral. El dilema aparece cuando el discurso de campaña entra al Estado y debe traducirse en ministros coordinados, mayoría legislativa, presupuesto, frontera, logística y acuerdos mínimos. Zaldívar apunta ahí: un gobierno puede tener profesionales, pero sin una arquitectura política que los ordene, la gestión empieza a depender de impulsos dispersos y conflictos internos.

El dato comercial vuelve menos abstracta esa discusión. Chile y Argentina tuvieron en 2025 un intercambio bilateral de USD 7.931 millones, según la ficha de SUBREI, con crecimiento de 1,5% anual. El mismo reporte marcó que las exportaciones chilenas hacia Argentina subieron 25,7%, mientras las importaciones desde Argentina bajaron 1,4%. Para un lector argentino, la pregunta no es solo si Kast escucha a la oposición: es si un aliado estratégico puede sostener corredores, pasos fronterizos, minería, energía y comercio sin que la falta de estructura encarezca decisiones.


Zaldívar cuestiona a Kast y abre para Milei un espejo regional de poder y gestión estatal.

El espejo regional

Ecuador agrega otra capa al espejo. Daniel Noboa también buscó proyectar una derecha de seguridad, apertura e inversión, y su Gobierno presentó la relación con Argentina como parte de una agenda de cooperación contra el crimen organizado, conexiones aéreas y oportunidades empresarias. Al mismo tiempo, el Ministerio de Producción ecuatoriano exhibió un superávit no petrolero de USD 3.987 millones entre enero y octubre de 2025. El mensaje regional es doble: la apertura puede mostrar resultados, pero exige administración permanente.


Chile expone el dilema de la derecha regional: ganar poder no alcanza sin equipos propios.

Para Argentina, el cierre no está en la simpatía política entre presidentes, sino en el costo de convertir alineamiento en resultados. Si Chile es socio fronterizo y Ecuador busca capital argentino, la nueva derecha latinoamericana queda medida por una vara concreta: bajar costos logísticos, cuidar el gasto, atraer inversión y sostener gobernabilidad. La advertencia de Zaldívar funciona porque corre la discusión de la épica al tablero: el problema no es ganar poder, sino organizarlo sin trasladar ineficiencias al contribuyente.