El primer ministro británico, Keir Starmer, atraviesa una de las mayores crisis desde que llegó al poder en 2024. Tras una dura derrota en las elecciones locales, crecen las presiones dentro del Partido Laborista para que anuncie una fecha de salida o abandone directamente el cargo.
Aunque Starmer todavía conserva formalmente el liderazgo, el clima político en Londres cambió drásticamente en apenas unos días. Más de 80 diputados laboristas ya expresaron públicamente su descontento, mientras varios funcionarios comenzaron a renunciar y otros analizan posibles movimientos para disputarle el poder.
La situación recuerda a las etapas más inestables de la política británica reciente, marcadas por las caídas de Boris Johnson y Liz Truss, en un país que todavía intenta recuperarse de años de crisis económica, inflación y desgaste institucional tras el Brexit.

El detonante fue el mal desempeño del laborismo en las elecciones municipales celebradas la semana pasada. El oficialismo sufrió pérdidas consideradas históricas para un partido gobernante y muchos dirigentes interpretaron el resultado como una señal de agotamiento del liderazgo de Starmer.
Durante una reunión de gabinete en Downing Street, el primer ministro reconoció la gravedad del momento y habló de unas “48 horas desestabilizadoras” para el gobierno. Sin embargo, insistió en que no piensa renunciar y remarcó que todavía no existe un desafío formal dentro del partido.
El problema para Starmer es que la presión ya dejó de venir solamente desde los sectores más ideológicos de la izquierda laborista. Las críticas empezaron a extenderse hacia dirigentes moderados y ministros con peso propio.
Entre las figuras observadas con atención aparece Wes Streeting, actual ministro de Salud y uno de los dirigentes jóvenes más influyentes del laborismo. También se menciona a Angela Rayner, ex viceprimera ministra, y al alcalde de Manchester, Andy Burnham.
La crisis política ya comenzó a impactar en la economía británica. Los costos de endeudamiento del Reino Unido subieron a niveles no vistos en casi tres décadas, reflejando el temor de los inversores a una nueva etapa de inestabilidad.

Los mercados observan especialmente qué podría pasar si Starmer es reemplazado por un dirigente más cercano al ala izquierda del laborismo, que impulse un aumento del gasto público en un contexto fiscal delicado. La ministra de Economía, Rachel Reeves, también quedó bajo presión mientras el gobierno intenta transmitir calma.
A diferencia del Partido Conservador, donde los líderes pueden caer rápidamente tras una rebelión interna, el sistema laborista es más complejo. Para activar formalmente una competencia por el liderazgo, al menos 81 diputados deben alinearse detrás de un mismo candidato. Ese sigue siendo el principal salvavidas de Starmer: sus críticos todavía no lograron unificarse.
Mientras tanto, figuras históricas como Gordon Brown reaparecieron para intentar contener el deterioro político y evitar una guerra interna que podría profundizar aún más la crisis del gobierno británico.