13/05/2026 - Edición Nº1191

Internacionales

Drama orbital

Sergei Krikalev volvió del espacio y la Unión Soviética ya no existía

13/05/2026 | El cosmonauta pasó 311 días en la estación Mir mientras el bloque comunista atravesaba su derrumbe político y económico.



El 18 de mayo de 1991, el cosmonauta Sergei Krikalev despegó rumbo a la estación espacial Mir como representante de una de las mayores potencias del planeta. Pero mientras orbitaba la Tierra a cientos de kilómetros de altura, el país que lo había enviado comenzaba a desaparecer. Cuando finalmente regresó meses después, la Unión Soviética ya no existía.

La historia de Krikalev se convirtió con el tiempo en una de las más insólitas de la exploración espacial moderna. No solo por la duración de su misión, que terminó extendiéndose durante 311 días, sino porque quedó atrapado en medio del colapso político y económico soviético sin poder volver a casa cuando estaba previsto.


El cosmonauta regresó a la Tierra en 1992 tras permanecer 311 días en órbita.

El colapso visto desde el espacio

Durante aquellos meses, el mundo atravesaba una transformación histórica. La Guerra Fría llegaba a su fin, las repúblicas soviéticas comenzaban a independizarse y la economía de Moscú se hundía en una crisis profunda. Desde la estación Mir, Krikalev seguía las noticias a través de comunicaciones radiales y mensajes enviados desde la Tierra, mientras el programa espacial soviético también empezaba a tambalear por la falta de fondos y la incertidumbre política.

La misión original no iba a durar tanto tiempo. Sin embargo, Krikalev aceptó permanecer en órbita para ayudar a mantener operativa la Mir, considerada uno de los grandes símbolos tecnológicos soviéticos. La estación espacial, lanzada en 1986, había sido durante años el laboratorio orbital más avanzado del planeta y un emblema de la carrera espacial frente a Estados Unidos.

El último ciudadano de la URSS

Pero en 1991 todo cambió. En agosto ocurrió el intento de golpe de Estado contra Mijaíl Gorbachov y pocos meses después la Unión Soviética colapsó oficialmente. El 25 de diciembre, la bandera roja dejó de flamear sobre el Kremlin. Krikalev todavía seguía en el espacio.

Con el paso de las semanas, el cosmonauta entendió que estaba viviendo un momento único en la historia. Había salido de la Tierra como ciudadano soviético y volvería como ciudadano ruso. Incluso su ciudad natal, Leningrado, recuperó durante su ausencia el antiguo nombre de San Petersburgo. Por esa razón, muchos comenzaron a llamarlo “el último ciudadano de la URSS”.


La estación Mir fue uno de los mayores símbolos tecnológicos de la Unión Soviética durante la Guerra Fría.

El regreso a un mundo diferente

Finalmente, el 25 de marzo de 1992, Krikalev aterrizó en Kazajistán junto a otros tripulantes. Había pasado más de diez meses en órbita y dado miles de vueltas alrededor del planeta. Las imágenes de su regreso mostraban el impacto físico de la misión: apenas podía mantenerse en pie después de tantos meses sin gravedad. Pero el mayor cambio no era corporal sino político. El mapa del mundo había cambiado completamente mientras él permanecía aislado en el espacio.

Lejos de terminar allí, su carrera continuó durante décadas. Participó en nuevas misiones espaciales, colaboró con programas internacionales y terminó convirtiéndose en una figura clave de la cooperación entre Rusia y Estados Unidos tras el fin de la Guerra Fría. Con el tiempo, su historia quedó como una postal imposible del siglo XX: un hombre suspendido en el espacio mientras, debajo suyo, desaparecía el país al que pertenecía.