La reunión de cancilleres del BRICS en Nueva Delhi no fue una foto más de diplomacia multilateral. India convocó al bloque con Irán en el centro de la discusión y con una agenda atravesada por guerra, sanciones, rutas marítimas y energía. Teherán pidió una condena contra Estados Unidos e Israel, pero Nueva Delhi empujó otro eje: mantener abiertos los flujos marítimos que sostienen comercio, fletes y precios. Esa diferencia importa porque el BRICS ya no funciona solo como un club de siglas emergentes; reúne productores de energía, compradores asiáticos, potencias agrícolas, bancos de desarrollo y gobiernos que buscan reducir exposición a sanciones occidentales. Para los países que importan combustibles o dependen de exportar commodities, una crisis en esa mesa puede terminar en costos internos.
Para la Argentina, el dato incómodo es que esa mesa se mueve sin una silla propia. El país fue invitado a ingresar al BRICS y el gobierno de Javier Milei decidió no hacerlo, como parte de una política exterior alineada con Washington. Esa señal puede ordenar una prioridad diplomática, pero no borra la geografía económica: China e India ya pesan en el comercio argentino, y el bloque discute variables que pueden incidir sobre energía, inflación importada, pagos y logística. La cumbre vuelve visible una tensión de fondo entre identidad política y exposición comercial. La ausencia argentina no es simbólica cuando los presentes son también socios comerciales clave y actores capaces de mover precios globales.
India buscó presentar al BRICS como una plataforma de estabilidad para países en desarrollo, no solo como un contrapeso discursivo de Occidente. El punto sensible es el Estrecho de Ormuz, por donde en 2024 pasaron unos 20 millones de barriles diarios de petróleo y combustibles líquidos, cerca de una quinta parte del consumo mundial, según la EIA. Cualquier tensión militar o diplomática en esa zona puede trasladarse a precios, seguros, fletes y costos internos. También puede afectar al gas natural licuado, a los costos de transporte y a las expectativas de inflación. En economías con memoria inflacionaria, esa cadena deja de ser lejana con rapidez: un conflicto regional puede convertirse en presión sobre cuentas fiscales, subsidios, reservas o tarifas.
El espejo regional es Brasil, que sí está dentro del BRICS y participa de la discusión desde Nueva Delhi. Su canciller se sienta en la misma mesa que China, India, Rusia, Sudáfrica, Irán, Emiratos, Egipto, Etiopía e Indonesia, mientras Argentina observa desde afuera. La comparación no exige idealizar a Brasil: su propio frente fiscal muestra déficits y restricciones, y su pertenencia al bloque no elimina tensiones internas ni dependencia de commodities. Pero el contraste sirve porque Brasil conserva presencia en un foro donde se cruzan energía, comercio y sanciones. Argentina eligió fortalecer una señal política hacia Estados Unidos sin ocupar esa instancia, aunque Brasil sea además su principal socio regional y China uno de los ejes que ordena el comercio sudamericano.

El dato comercial argentino baja la discusión a tierra. En el primer trimestre de 2026, China dejó para la Argentina un déficit bilateral de USD 2.198 millones, mientras India generó un superávit de USD 1.123 millones, de acuerdo con INDEC. No alcanza con afirmar que entrar al BRICS habría cambiado automáticamente esos números; sería una conclusión forzada y difícil de probar. Pero la política exterior también se mide por acceso, información y capacidad de anticipar reglas. La pregunta editorial es más precisa: qué margen pierde un país cuando no participa del espacio donde sus socios discuten sanciones, corredores estratégicos, financiamiento y gobernanza económica. Esa pregunta tiene impacto directo sobre exportadores, importadores, contribuyentes y consumidores.

El alineamiento de Milei con Estados Unidos puede tener valor político para su hoja de ruta externa, sobre todo si busca diferenciar a la Argentina de gobiernos que usan el BRICS como plataforma de autonomía frente a Washington. Pero el costo de oportunidad aparece cuando la economía mundial se mueve por rutas que Argentina no controla. Si Ormuz encarece la energía, si las sanciones modifican pagos o si China e India reordenan demanda y logística, el impacto puede llegar igual a precios, reservas y comercio local. La decisión no se mide solo por afinidad ideológica, sino por exposición económica. Cuando otros negocian las condiciones del shock, mirar desde afuera también tiene precio. La silla vacía, en ese punto, deja de ser una consigna y se vuelve una cuenta abierta.