Al mismo estilo que con Lost, la serie empieza con un plano de su protagonista (en este caso, uno de sus protagonistas) despertando en medio de una jungla después de un accidente. De inmediato, empieza a buscar a otras personas, llamando a los gritos para ver qué otros supervivientes hay y con el objetivo de empezar a organizar cuanto antes un campamento y los mecanismos necesarios para pedir ayuda.
Es Piggy (David McKenna) el personaje central de este primer episodio de la miniserie El señor de las moscas, que en cada capítulo se va a enfocar en uno de los cuatro personajes más importantes de la historia (completan Jack, Ralph y Simon), a partir de los cuales iremos conociendo un poco más de sus pasados y de cómo terminaron en esta isla que no sabemos dónde queda pero está completamente alejada del mundo.

Después de conseguir reunir a los sobrevivientes en la playa, todos niños (incluso algunos que no tienen más de 6 años), empiezan a establecer las reglas de esta nueva sociedad que conformarán con el objetivo de: construir un refugio, encontrar comida y armar una señal de fuego que les permita ser divisados por algún potencial rescatista. Ah, y también combatir a la bestia que muchos dicen haber visto, algunos viniendo desde el mar y otros desde el corazón de la jungla.
El señor de las moscas adapta la novela de 1954 escrita por William Goldin en lo que fue su primer texto largo publicado. Una historia que nos habla del ser humano y de cómo estamos atravesados por un costado salvaje e impulsivo que puede ser educado y contenido, pero que depende muchísimo del entorno y de nuestra crianza. Y así es el disparador para cada uno de los cuatro episodios de la miniserie de Jack Thorne (el creador de Adolescencia) que nos van contando un poco más de Piggy, Ralph, Jack y Simon, en primera medida, y con algunos destellos de otros personajes que van acompañándolos como Roger o Maurice.
La influencia del clásico de los 90 dirigido por Harry Hook es más que evidente: estéticamente remite mucho a esa película que tuvo un cuarteto protagónico del que James Badge Dale terminó siendo el único con una carrera algo relevante. También hay claras influencias estéticas de El tercer día, serie de HBO protagonizada por Jude Law, cuyos primeros tres episodios fueron dirigidos por Marc Munden, que acá está a cargo de toda la miniserie y que replica esa búsqueda entre onírica y lisérgica que marca la fotografía de cada capítulo: colores saturados y lentes con gran angular, acompañados por una música sensacional que claramente no podía fallar si en su equipo tenía a compositores como Cristobal Tapia de Veer (The White Lotus) y Hans Zimmer (El rey león, El origen), acompañados por Kara Talve.
Ahora, si tenemos que destacar algo, es el elenco. No desentona ninguno de los niños que forman parte de El señor de las moscas, que tiene todo para ser un semillero de artistas que si todo sale bien, veremos y mucho en el futuro. De hecho, tanto David McKenna (Piggy) como Lox Pratt (Jack) ya tienen dos franquicias a la vuelta de la esquina: el reinicio de Las crónicas de Narnia de Greta Gerwig para el primero, y la serie de Harry Potter para el segundo, que será el nuevo Draco Malfoy. La crudeza, la desolación, la necesidad de demostrar que la naturaleza y el accidente no los va a quebrar, y el posterior descenso hacia la locura y el salvajismo están muy bien encarnados por estos chicos.

Hasta acá, El señor de las moscas tiene todo para ser la serie del año. Pero hay algo que no termina de encajar y hace que no se sienta perfecta. Es como dicen: el todo no es igual a la suma de las partes y en este caso se nota mucho. Como si los engranajes no hubiera terminado de estar aceitados. Tiene momentos memorables (especialmente entre el final del tercer episodio y el comienzo del cuarto), pero no alcanza para ser un 10. Es como tener un auto hermoso, que funciona y se ve increíble, pero que hace un ruido y no sabemos de dónde viene. Así es El señor de las moscas, que de momento no tiene fecha de estreno ni plataforma en Argentina (probablemente sea Netflix; se encuentra “por ahí”) pero que al menos vale la pena ver para sacar sus propias conclusiones.