Estados Unidos puso bajo custodia a dos exfuncionarios de Sinaloa acusados de colaborar con el Cártel de Sinaloa, en un caso que vuelve a colocar al poder político mexicano bajo presión judicial externa. Los nombres centrales son Gerardo Mérida Sánchez, exsecretario de Seguridad estatal, y Enrique Díaz, exministro de Finanzas, ambos vinculados al entorno de Rubén Rocha Moya, dirigente de Morena que quedó señalado en una acusación federal abierta en Nueva York.
El expediente sostiene que exautoridades sinaloenses habrían facilitado protección, información operativa y respaldo político a estructuras ligadas a Los Chapitos, la facción asociada a los hijos de Joaquín “El Chapo” Guzmán. La dimensión del caso no está solo en los cargos penales, sino en el mensaje político: Washington ya no apunta únicamente contra jefes narco, sino también contra funcionarios sospechados de haber convertido el Estado local en una zona de cobertura criminal.
Mérida Sánchez fue secretario de Seguridad entre septiembre de 2023 y diciembre de 2024, una etapa marcada por violencia interna, disputas entre facciones y presión estadounidense sobre las rutas de fentanilo. Según la acusación, habría recibido pagos mensuales de Los Chapitos a cambio de protección e información sobre investigaciones y operativos. Díaz, por su parte, quedó bajo la lupa por su rol financiero dentro de una administración señalada por presunta connivencia con el cartel.
El caso golpea de lleno a Rocha Moya y, por extensión, a Morena, porque Sinaloa no es un territorio cualquiera: es el corazón histórico del cartel más influyente de México y una plaza donde seguridad, economía informal y poder político conviven bajo sospecha permanente. La presidenta Claudia Sheinbaum intentó separar responsabilidad institucional y defensa soberana, pero la acusación expone un costo político directo para la izquierda mexicana en uno de sus enclaves más sensibles.

Para América Latina, el expediente funciona como advertencia sobre lo que ocurre cuando la frontera entre administración pública y crimen organizado deja de ser excepcional. Ecuador ya mostró cómo la penetración narco puede encarecer seguridad, puertos, seguros y logística; México exhibe ahora una variante más estructural, donde el problema alcanza a funcionarios de primera línea. En ambos casos, el daño económico aparece después del deterioro institucional, pero suele ser más persistente.

Argentina mira este proceso con una preocupación concreta: Rosario, el lavado de activos y la cooperación judicial con Estados Unidos. El gobierno de Javier Milei puede usar el caso como argumento para endurecer controles financieros, inteligencia criminal y coordinación internacional. La lección regional es incómoda pero directa: cuando el Estado pierde control territorial, el costo termina llegando al bolsillo, a la inversión y a la credibilidad de cualquier país que subestime al narcotráfico.