La figura de Tutankamón suele estar asociada a su tumba dorada, las máscaras funerarias y el misterio que rodeó el hallazgo arqueológico de 1922. Sin embargo, detrás del llamado “faraón niño” existió una red de mujeres que influyó en su formación, protegió su posición y participó silenciosamente en uno de los períodos más complejos de la historia egipcia.
Aunque durante décadas la atención estuvo puesta casi exclusivamente sobre el joven rey, los estudios recientes comenzaron a recuperar el papel que tuvieron las mujeres de su entorno. Algunas ocuparon lugares visibles en la corte, mientras que otras quedaron prácticamente borradas de la memoria oficial pese a haber sido fundamentales en su vida cotidiana.
Una de las figuras más importantes fue Ankhesenamón, esposa de Tutankamón y también integrante directa de la familia real. Hija de Nefertiti y Akenatón, creció en medio de una transformación religiosa y política que alteró profundamente a Egipto.
Tras la muerte prematura de Tutankamón, Ankhesenamón quedó envuelta en una crisis sucesoria. Diversos documentos antiguos mencionan que una reina egipcia pidió ayuda al Imperio hitita para evitar casarse con un funcionario local y conservar el control político. Muchos historiadores creen que esa mujer era ella. El episodio sigue siendo uno de los más intrigantes de la diplomacia del mundo antiguo.
Mucho antes del reinado de Tutankamón, Nefertiti ya era una de las mujeres más influyentes de Egipto. Su imagen trascendió los siglos gracias al famoso busto descubierto en Amarna, pero su poder político también fue excepcional para la época.

Junto a Akenatón impulsó una revolución religiosa centrada en el culto al dios Atón, desplazando a las antiguas divinidades egipcias. Ese contexto marcó la infancia de Tutankamón, quien originalmente llevaba el nombre Tutankatón antes de restaurar el culto tradicional y modificar su identidad real.
Algunos especialistas incluso sostienen que Nefertiti pudo haber gobernado como corregente o faraona tras la muerte de Akenatón, aunque todavía no existe consenso definitivo sobre ese punto.
Además de las reinas, existieron otras figuras femeninas esenciales para la vida del faraón. Entre ellas estuvieron las nodrizas reales, cuidadoras y mujeres encargadas de acompañar al niño rey desde sus primeros años. Una de las más conocidas fue Maia, la nodriza de Tutankamón, cuya tumba fue encontrada cerca de Saqqara. Las pinturas y relieves hallados allí muestran una relación cercana y afectiva con el faraón, algo poco habitual en representaciones oficiales.
La importancia de estas mujeres resulta aún más evidente si se tiene en cuenta que Tutankamón subió al trono con apenas unos nueve años. En un entorno dominado por disputas políticas, sacerdotes y cambios religiosos, la corte femenina cumplió un rol clave en su protección y crianza.

La identidad de la madre de Tutankamón sigue siendo uno de los grandes enigmas de la egiptología. Estudios genéticos realizados sobre momias reales sugieren que habría sido una hermana de Akenatón, aunque su nombre continúa sin confirmarse.
Ese vacío histórico también refleja cómo muchas mujeres vinculadas al poder egipcio desaparecieron de los registros oficiales con el paso de los siglos. Algunas fueron omitidas deliberadamente y otras quedaron relegadas detrás de las figuras masculinas que dominaron los relatos tradicionales.
La historia de Tutankamón, entonces, no habla solamente de tesoros y tumbas intactas. También revela la influencia silenciosa de mujeres que ayudaron a sostener uno de los tronos más famosos del mundo antiguo.