Durante décadas, las grandes potencias desarrollaron programas secretos con animales marinos para operaciones militares. Entre los casos más sorprendentes estuvo el de los delfines entrenados por la Unión Soviética, capaces de detectar submarinos, ubicar explosivos bajo el agua e incluso participar en misiones de combate.
Aunque durante años estas historias parecían teorías exageradas o escenas sacadas de una película, gran parte de los programas existieron realmente y fueron documentados por distintos gobiernos y ex militares tras el fin de la Guerra Fría.
En pleno enfrentamiento entre Estados Unidos y la Unión Soviética, el control del océano se volvió estratégico. Las potencias necesitaban detectar submarinos enemigos, proteger puertos y vigilar movimientos bajo el agua en una época donde la tecnología todavía tenía muchas limitaciones.

Ahí aparecieron los mamíferos marinos. Los delfines, gracias a su sistema de ecolocalización, podían identificar objetos y movimientos submarinos con una precisión muy superior a muchos equipos electrónicos de entonces. Por eso comenzaron a ser entrenados en bases militares especiales.
La Unión Soviética instaló uno de sus principales centros en Sebastopol, Crimea, donde científicos y militares trabajaron durante años con delfines, focas y belugas.
Los entrenamientos incluían tareas muy específicas. Algunos animales eran utilizados para detectar minas submarinas o ubicar buzos enemigos cerca de instalaciones militares. Otros transportaban equipos o cámaras.
Con el tiempo también surgieron versiones sobre programas más agresivos, donde ciertos delfines podían acercar explosivos a embaraciones o marcar objetivos para ataques posteriores. Estados Unidos desarrolló programas similares a través de la Marina estadounidense, principalmente en California. De hecho, varias de esas iniciativas continúan existiendo para tareas defensivas y de rescate.
Tras la caída de la Unión Soviética en 1991, muchos de esos proyectos quedaron abandonados por falta de presupuesto. Ucrania heredó parte de las instalaciones militares en Crimea y durante años tuvo dificultades para mantener los costosos programas con animales marinos.
En ese contexto apareció una historia que volvió a circular en las últimas semanas por la tensión en Medio Oriente: la venta de algunos mamíferos entrenados a Irán durante la década de 1990.
Según distintos reportes de la época, Irán habría adquirido delfines, focas y belugas provenientes del antiguo programa soviético junto con parte del conocimiento técnico para su entrenamiento. La operación llamó la atención porque demostraba cómo tecnología y recursos militares de la Guerra Fría podían terminar reutilizados en nuevos conflictos décadas después.

Más allá del impacto de la historia, el uso militar de animales abrió fuertes cuestionamientos éticos. Organizaciones defensoras de los derechos animales denunciaron durante años las condiciones de entrenamiento y el riesgo al que eran expuestos los mamíferos marinos. También hubo dudas sobre cuánto de la información difundida era real y cuánto formaba parte del secretismo militar típico de la Guerra Fría.
Sin embargo, documentos desclasificados y testimonios posteriores confirmaron que los programas existieron y que varios países invirtieron millones de dólares en desarrollar capacidades submarinas utilizando animales.
Hoy, la historia de los llamados “delfines militares” vuelve a despertar interés porque combina espionaje, tecnología, Guerra Fría y uno de los aspectos más extraños de la historia militar moderna.