A un año de que obreros encontraran enterrados los restos óseos de Diego Fernández Lima, desaparecido en 1984, una nueva pericia realizada con georradar detectó una anomalía en el patio trasero de la vivienda del barrio porteño de Coghlan y los investigadores creen que aún podría haber restos o evidencia oculta bajo tierra.
El estudio fue realizado por especialistas de la División Prospección Geofísica de Gendarmería Nacional en el marco de la causa que investiga el homicidio del adolescente de 16 años. El informe técnico identificó un sector de interés en el domicilio de avenida Congreso al 3700, junto a una medianera y recomendó realizar excavaciones controladas para determinar qué hay en el subsuelo.
La medida fue impulsada por la Fiscalía Nacional en lo Criminal y Correccional N°61, a cargo de Martín López Perrando, que desde hace meses intenta reconstruir qué ocurrió con Fernández Lima, desaparecido hace más de cuatro décadas y hallado enterrado en una improvisada fosa a 60 centímetros de profundidad.
Las nuevas tareas periciales se realizaron el 4 de mayo pasado en la vivienda donde vive desde los años ’70 Cristian Graf, el principal sospechoso de la causa, excompañero de escuela de la víctima y único imputado en el expediente.

Del operativo participaron especialistas de Gendarmería, integrantes del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), efectivos de la Policía de la Ciudad y representantes de la fiscalía.
La búsqueda volvió a activarse con fuerza después de que, en noviembre pasado, la Sala IV de la Cámara Nacional de Apelaciones en lo Criminal y Correccional revocara el sobreseimiento que había sido dictado a favor del acusado por el juez Alejandro Litvack. Los camaristas consideraron “prematura” esa decisión y ordenaron retomar la investigación bajo la hipótesis de homicidio.
El fallo también dejó sin efecto el criterio que reducía el caso a un posible encubrimiento y reclamó profundizar todas las líneas pendientes para esclarecer qué pasó con el adolescente.
Al apelar el sobreseimiento, el fiscal López Perrando ya había dejado asentada una acusación contundente. “Existe una afirmación insoslayable y es que Diego Fernández fue asesinado tras ser atacado con un elemento cortopunzante, luego se lo intentó desmembrar para ocultar el cadáver y finalmente fue ocultado a partir de su enterramiento en los fondos de la vivienda habitada desde aquel entonces y hasta el presente por Cristian Graf”, sostuvo.
Diego Fernández Lima desapareció el 26 de julio de 1984. Tenía 16 años. Ese mediodía volvió del colegio, almorzó con su madre y salió de su casa para visitar a un amigo. Un conocido lo vio por última vez en la esquina de Monroe y Rómulo Naón, en Villa Urquiza. Nunca llegó a la clase de la tarde en el ENET N°36.

Esa misma noche, sus padres denunciaron la desaparición en la entonces comisaría 39 de la Policía Federal. El caso fue asentado como una presunta “fuga de hogar”. Durante años, la familia pegó panfletos en el barrio y buscó instalar el caso en los medios. El padre del adolescente murió sin saber qué había pasado con su hijo. Su madre y sus hermanos continuaron buscándolo durante décadas.
La causa permaneció prácticamente congelada hasta el 20 de mayo de 2025, cuando un derrumbe de tierra durante una obra en una vivienda vecina reveló restos humanos enterrados en el jardín lindero. El hallazgo ocurrió en una propiedad que perteneció a Marina Olmi, hermana del actor Boy Olmi, y que había alquilado Gustavo Cerati entre 2002 y 2003.
Los obreros encontraron huesos y objetos enterrados. Un vecino llamó a la policía y la investigación quedó en manos de la fiscalía de López Perrando, que convocó al Equipo Argentino de Antropología Forense.
Los especialistas analizaron 151 fragmentos óseos y concluyeron que la víctima había recibido una puñalada en el tórax que dejó una marca en la cuarta costilla derecha. También determinaron que alguien intentó desmembrar el cuerpo, aunque no logró hacerlo completamente antes de enterrarlo.
Junto a los restos aparecieron objetos que parecían detenidos en el tiempo: una moneda japonesa, un reloj calculadora Casio fabricado en 1982, una corbata escolar tejida, un llavero náutico naranja, una ficha de casino, una hebilla de cinturón y la suela de un mocasín talle 41.
Esos elementos permitieron a los investigadores ubicar temporalmente el crimen en los años ’80. Pero el dato decisivo llegó después de la difusión mediática del hallazgo. Un sobrino de Diego sospechó que el NN enterrado en Coghlan podía ser su tío desaparecido hacía 41 años. La familia aportó una muestra genética de la madre del adolescente y el cotejo confirmó la identidad.
Ahora, el georradar volvió a alterar el caso. Los investigadores creen que el subsuelo todavía podría guardar restos faltantes o nuevas evidencias del crimen que permaneció oculto durante más de cuatro décadas bajo el patio de una casa del barrio de Coghlan.