Durante décadas, el ayatolá Alí Jameneí fue la figura más poderosa de Irán. Sin embargo, detrás suyo creció silenciosamente una estructura que hoy domina gran parte del país: la Guardia Revolucionaria, una fuerza militar que dejó de ser solo un ejército para convertirse en el verdadero corazón del régimen iraní.
La organización nació tras la Revolución Islámica de 1979 con la misión de proteger el nuevo sistema político impulsado por el ayatolá Ruhollah Jomeiní. Pero con el paso de los años acumuló un poder enorme dentro del Estado. Actualmente controla sectores estratégicos como el petróleo, las telecomunicaciones, los puertos, la construcción y buena parte de la seguridad interna.
Muchos analistas describen a esta estructura como una “hermandad” militar porque está formada por generales, jefes de inteligencia, empresarios vinculados al Estado y dirigentes ultraconservadores que construyeron relaciones internas durante décadas.

Gran parte de los actuales hombres fuertes del régimen surgieron durante la guerra entre Irán e Irak en los años 80, un conflicto que dejó cientos de miles de muertos y marcó profundamente a toda una generación.
Muchos de ellos combatieron juntos y desarrollaron una visión basada en la resistencia frente a Occidente, el nacionalismo y el fortalecimiento militar permanente. Con el tiempo, esos comandantes pasaron a ocupar puestos clave dentro del Estado iraní.
Hoy, la Guardia Revolucionaria no solo maneja armamento y fuerzas militares. También controla servicios de inteligencia, operaciones especiales y grupos aliados en distintos países de Medio Oriente.
Uno de los nombres que más fuerza ganó en los últimos años es el de Mojtaba Jameneí, hijo del histórico líder iraní. Aunque mantuvo un perfil bajo durante mucho tiempo, distintos informes lo señalan como una figura muy cercana a los sectores militares más duros. Su vínculo con la Guardia Revolucionaria alimentó especulaciones sobre su influencia dentro del futuro político iraní, especialmente en medio de las tensiones internas y regionales que atraviesa el país.
En paralelo, Irán enfrenta sanciones económicas, protestas sociales y una creciente presión internacional. Frente a ese escenario, la respuesta del régimen fue reforzar todavía más el control interno.
Censura, vigilancia, restricciones en internet y operativos de seguridad forman parte de una estrategia que busca evitar cualquier desestabilización. Mientras tanto, la Guardia Revolucionaria continúa expandiendo su influencia militar en la región mediante drones, misiles y grupos aliados que se transformaron en piezas centrales de la política exterior iraní.
Para muchos especialistas, el cambio ya es evidente: Irán dejó de depender exclusivamente del liderazgo religioso y pasó a estar dominado por una poderosa estructura militar que controla casi todos los resortes del Estado.