El Día del Cine Nacional se conmemora cada 23 de mayo por el estreno de “La Revolución de Mayo”, la película dirigida por Mario Gallo que en 1909 marcó el nacimiento del cine argumental argentino. La proyección se realizó en el antiguo Teatro Ateneo de Buenos Aires y abrió el camino para una industria que con el tiempo se transformaría en una de las más importantes de América Latina.
Aquella producción recreaba los acontecimientos de la Semana de Mayo y, aunque hoy apenas sobreviven algunos fragmentos, quedó registrada como un punto de partida histórico para la cultura audiovisual argentina. En esos años el cine todavía era una experiencia completamente artesanal y experimental.
Las filmaciones se hacían al aire libre porque las cámaras necesitaban luz natural para funcionar correctamente. Como todavía no existían estudios preparados para rodajes, muchas escenas se grababan en patios, terrazas o espacios abiertos de Buenos Aires.
Aunque las películas no tenían sonido grabado, las funciones distaban mucho de ser silenciosas. En las salas era habitual la presencia de pianistas, músicos o relatores que acompañaban las escenas en vivo para darle dramatismo a la proyección.
Incluso, en algunos casos, detrás de la pantalla había personas encargadas de hacer efectos sonoros o interpretar diálogos para que el público viviera una experiencia más inmersiva. Cada función tenía algo único e irrepetible.
Gran parte de ese material cinematográfico se perdió con el paso del tiempo. Las cintas estaban hechas de nitrato, un material altamente inflamable y muy frágil que se deterioraba fácilmente por la humedad o el calor. Incendios y falta de conservación hicieron desaparecer buena parte de las primeras películas argentinas.
Antes de la llegada de la televisión, el cine era una de las principales formas de acceder a imágenes de la actualidad. En las salas se proyectaban noticieros cinematográficos donde la gente podía ver actos políticos, eventos deportivos y distintos hechos históricos.
De esa manera, el cine no solo entretenía, sino que también funcionaba como una herramienta de información y registro social. Muchas personas conocían el mundo a través de esas imágenes proyectadas en pantalla grande.
Con el paso de las décadas, la industria argentina comenzó a crecer con fuerza y encontró su momento de esplendor durante los años 30 y 40, etapa conocida como la época dorada del cine nacional.
Durante esos años, Argentina llegó a competir fuerte dentro del mercado latinoamericano y sus películas se exportaban a distintos países de habla hispana. Actores y actrices como Libertad Lamarque, Luis Sandrini y Tita Merello se convirtieron en verdaderos íconos populares.
En paralelo surgieron estudios como Lumiton y Argentina Sono Film, que funcionaban casi como pequeñas ciudades cinematográficas. Allí se construían escenografías, se confeccionaban vestuarios y trabajaban cientos de personas en la producción de películas.
Décadas más tarde, el cine argentino alcanzó reconocimiento mundial con películas como “La historia oficial”, dirigida por Luis Puenzo, que en 1986 ganó el Oscar a Mejor Película Extranjera. Años después, “El secreto de sus ojos” de Juan José Campanella repitió el logro y volvió a posicionar al país en lo más alto del cine internacional.
Más allá de los premios y el reconocimiento internacional, el cine argentino siempre mantuvo una relación muy cercana con la realidad social del país. A través de distintas historias logró retratar crisis económicas, cambios políticos, pasiones populares y escenas cotidianas de varias generaciones.
Por eso, el Día del Cine Nacional no solo recuerda el nacimiento de una industria, sino también el valor cultural de un arte que desde hace más de cien años funciona como una memoria viva de la Argentina.