24/05/2026 - Edición Nº1202

Opinión


Reforma tributaria

¿Sabés vender impuestos? Yo tampoco, pero sé cómo hacer que nadie quiera evadirlos

24/05/2026 | Un IVA del 21% cobrado sobre una economía que evade recauda menos que un IVA del 12% aplicado sobre una economía que no tiene incentivos para esconderse.



Argentina tardó décadas en lograr superávit fiscal. Lo logró en semanas cuando hubo decisión política. El déficit parecía eterno —hasta que dejó de serlo. Ahora viene el desafío más profundo: no solo mejorar la forma en que recaudamos, sino construir un sistema tributario que los argentinos podamos defender con orgullo.

Hoy el "vivo" es el que evade. Eso no es un problema moral: es un problema de diseño. Vivimos bajo una doble injusticia: mientras cumplir la ley formalmente te cuesta el 50% de tus ingresos, el que trabaja en negro no solo compite deslealmente, sino que termina ganando mucho más dinero neto de bolsillo que quien tributa.

En este esquema al revés, la evasión no es una actitud —es la respuesta de supervivencia ante un diseño roto.  El Estado perfeccionó el arte de cazar en el zoológico: como el 40% de la economía opera en negro, duplica la presión sobre el pequeño universo de empresas y profesionales registrados que no tienen dónde esconderse. Esta informalidad es una verdadera tragedia nacional: nos deja sin mercado de crédito doméstico, precariza a los trabajadores y nos impide financiar la infraestructura estratégica que necesitamos para competir con el mundo.

La solución no requiere quinientas páginas de legislación. Requiere lo mismo que el superávit: decisión y coraje político.

El esquema es simple. Cinco tributos. Nada más:

  • Nivel Nacional (Coparticipable): IVA unificado al 12% e Impuesto a las Ganancias con escala progresiva simple.
  • Nivel Provincial: Impuesto Inmobiliario e Impuesto Automotor.
  • Nivel Municipal: Tasa de ABL (Alumbrado, Barrido y Limpieza) —calculada y cobrada únicamente por servicios reales prestados.

Con esto desaparecen de un plumazo Ingresos Brutos (el impuesto en cascada que le suma hasta un 20% de costo ficticio a nuestras exportaciones y destruye el valor agregado), el Impuesto al Cheque (que penaliza la bancarización y empuja todo al efectivo informal) y las tasas municipales arbitrarias calculadas sobre facturación sin ningún servicio real que las justifique.

La matemática cierra sola. Un IVA del 21% cobrado sobre una economía que evade masivamente recauda menos que un IVA del 12% aplicado sobre una economía que no tiene incentivos para esconderse. Al formalizar ese 40% de actividad en negro, la base imponible se duplica. El número no es un acto de fe: es aritmética.

Y acá viene lo más importante: cuando las reglas son razonables, cambia la cultura. El que evade deja de ser el vivo del barrio y pasa a ser el problema de todos. No necesitamos campañas de concientización —necesitamos un sistema donde pagar impuestos sea tan lógico y tan justo que avergüence no hacerlo.

Argentina demostró que puede hacer lo imposible cuando decide hacerlo. El superávit era imposible. Después fue inevitable. La simplificación tributaria es el siguiente paso —y la misma lógica aplica: no es un problema técnico. Nunca lo fue. Es una decisión.

Es hora de simplificar las reglas de una vez por todas y dejar que las empresas trabajen, inviertan y tributen con orgullo en su propio país.

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