Este 25 de Mayo encuentra al Gobierno de Javier Milei en una etapa muy definida de su programa: ajuste, venta de activos públicos y repliegue del Estado como organizador de la vida económica. La fecha empuja una comparación incómoda.
Mientras el discurso oficial habla de libertad, eficiencia y modernización, la práctica concreta de estos meses muestra otra escena: bienes de la Nación convertidos en fuente de caja, empresas públicas preparadas para su privatización y activos estratégicos puestos en el mercado para cubrir necesidades fiscales y financieras.
En febrero, el propio Gobierno dejó en claro que planeaba afrontar pagos de deuda con venta de bienes del Estado. En marzo, esa orientación tomó forma más precisa: Economía proyectó recaudar unos US$2000 millones en 2026 por privatizaciones y ventas de activos estatales.
En mayo, la Casa Rosada agregó otro destino para esos recursos: parte de lo obtenido por privatizaciones, ventas, concesiones y licitaciones será enviado al reequipamiento de las Fuerzas Armadas. La secuencia es bastante transparente: el patrimonio público pasó a ser una herramienta fiscal.

La agenda de privatizaciones tiene nombres concretos. El Gobierno definió un plan para ocho empresas alcanzadas por la Ley Bases: Enarsa, Nucleoeléctrica, Yacimientos Carboníferos Río Turbio, Intercargo, AySA, Trenes Argentinos, Belgrano Cargas y Corredores Viales. En algunos casos se habla de privatización total, en otros de concesión, venta parcial o retiro progresivo del Estado. El paquete incluye energía, transporte, agua, logística y conectividad territorial. No son activos marginales. Son piezas de infraestructura económica y de soberanía material.
La política de venta no se agota en empresas. También incluye inmuebles y otros bienes del Estado. Los planes oficiales hablan de “liquidación de activos” para reforzar ingresos y cumplir obligaciones financieras. Esa lógica tiene un efecto político claro: lo que durante décadas funcionó como patrimonio común empieza a ser tratado como stock disponible para vender, concesionar o subastar según la necesidad de recursos.
En términos fiscales puede aparecer como solución rápida. En términos históricos, deja una pregunta más pesada: qué queda después de vender lo que pertenecía a todos.

La orientación general recuerda experiencias argentinas ya conocidas. La discusión sobre privatizaciones volvió al centro desde el arranque mismo de la gestión y se consolidó con la Ley Bases. En la argumentación oficial, el objetivo es reducir déficit, mejorar eficiencia y atraer inversión privada. En la práctica, la urgencia de caja ocupa un lugar central.
Distintos análisis sobre el programa libertario remarcaron justamente ese punto: las privatizaciones volvieron a aparecer asociadas a necesidades fiscales y financieras más que a una estrategia de desarrollo de largo plazo.
Un Estado que se desprende de sus herramientas productivas, energéticas, logísticas y territoriales queda con menos capacidad para planificar, invertir y ordenar desarrollo.
Este 25 de Mayo, la herida aparece ahí: en una Nación que en vez de discutir cómo ampliar su capacidad colectiva discute cuánto puede recaudar vendiendo lo que tiene. Y cuando el patrimonio público entra en esa lógica, la palabra patria deja de ser ceremonia y vuelve a convertirse en una pregunta concreta.