Donald Trump volvió a quedar en el centro de la discusión sobre violencia política después del tiroteo registrado cerca de la Casa Blanca el 23 de mayo de 2026. Según la información preliminar, un hombre se acercó a un control de seguridad, sacó un arma de un bolso y disparó contra agentes del Servicio Secreto. Los oficiales respondieron, el sospechoso murió luego en un hospital y Trump, que estaba dentro de la Casa Blanca, no resultó herido. El punto clave es que el episodio todavía no puede ser clasificado con certeza como intento de asesinato contra el presidente, pero sí se suma a una secuencia de ataques, planes y amenazas letales que hicieron de Trump uno de los dirigentes occidentales más expuestos de los últimos años.
La cuenta depende del criterio. Si se consideran solo los intentos de asesinato formalmente investigados, imputados o condenados, el núcleo reciente incluye Butler en julio de 2024, el campo de golf de West Palm Beach en septiembre de 2024 y el ataque durante la cena de corresponsales de la Casa Blanca en abril de 2026. Si se agregan complots, cartas con veneno, intentos previos y episodios armados todavía en investigación, el número se acerca a ocho hechos graves desde 2016. Esa diferencia importa: no es lo mismo una amenaza verbal que un tirador con línea de fuego, un arma cerca del objetivo o una acusación federal por intento de asesinato.
El primer antecedente conocido de la era Trump ocurrió en junio de 2016, durante un acto en Las Vegas. Michael Steven Sandford, ciudadano británico, intentó quitarle el arma a un policía y luego admitió que su objetivo era dispararle a Trump. Fue condenado por cargos vinculados a armas y alteración del acto. Un año después, Gregory Lee Leingang robó un montacargas en Dakota del Norte y reconoció que pretendía atacar la caravana presidencial para volcar la limusina. En 2020, Pascale Ferrier envió una carta con ricina dirigida a Trump en la Casa Blanca; fue detectada antes de llegar al presidente y terminó con una condena de más de 21 años.
La etapa más peligrosa empezó en 2024. El 13 de julio, en Butler, Pensilvania, Thomas Matthew Crooks disparó durante un mitin, hirió a Trump en la oreja, mató a un asistente e hirió a otros espectadores antes de ser abatido. El FBI investigó el caso como intento de asesinato y posible terrorismo doméstico. Dos meses después, Ryan Wesley Routh fue detectado con un rifle cerca del campo de golf de Trump en West Palm Beach, Florida. El Departamento de Justicia lo acusó de intentar matar al entonces candidato y, en 2026, fue sentenciado a cadena perpetua más 84 meses por intento de asesinato y otros delitos.

A esos casos se sumaron planes de origen externo. En noviembre de 2024, el Departamento de Justicia acusó a Farhad Shakeri, señalado como activo vinculado al IRGC iraní, por un esquema de asesinato por encargo que incluía la vigilancia y planificación contra Trump. Ese caso no fue un ataque ejecutado, pero mostró otro nivel de riesgo: la amenaza contra Trump ya no provenía solo de individuos aislados dentro de Estados Unidos, sino también de tramas asociadas a intereses extranjeros. La frontera entre seguridad interna, polarización doméstica y conflicto geopolítico empezó a mezclarse alrededor de una misma figura.
🇺🇸 Video Footage captures the moment multiple shots were fired near the White House https://t.co/552ksO7BNl pic.twitter.com/4yOmsviMTF
— Commentary Donald J Trump Truth Social Posts On X (@TrumpTruthOnX) May 23, 2026
En 2026, la presión volvió a escalar. Cole Tomas Allen fue acusado por la Justicia estadounidense de intentar asesinar a Trump durante la cena de corresponsales de la Casa Blanca, tras un ataque armado en el que un agente del Servicio Secreto fue baleado. Menos de un mes después llegó el nuevo tiroteo cerca de la Casa Blanca, todavía en investigación. La conclusión política es directa: Trump no solo acumuló amenazas, sino una serie de episodios con armas, venenos, complots y acusaciones federales que lo colocan entre los presidentes más atacados de la historia reciente de Estados Unidos. Para sus seguidores, esa secuencia refuerza la idea de un liderazgo bajo asedio; para el sistema político estadounidense, expone un problema más profundo: la violencia dejó de ser una excepción y pasó a formar parte del clima permanente de poder.