El 26 de mayo de 2011, en medio de una compleja negociación opositora de cara a las elecciones presidenciales de ese año, Ricardo Alfonsín difundía una carta pública con la intención de preservar la construcción de un frente amplio que incluyera a la UCR, el socialismo y el GEN, mientras avanzaba al mismo tiempo en un acuerdo bonaerense con Francisco de Narváez para competir en la provincia de Buenos Aires.
La movida se produjo en uno de los momentos más tensos de la relación entre el radicalismo y el socialismo. La posibilidad de una fórmula compartida entre Alfonsín y Hermes Binner parecía entrar en crisis por el rechazo del mandatario santafesino a sellar una alianza con De Narváez, referente del peronismo disidente en territorio bonaerense.
A exactamente 15 años de aquella carta, el episodio aparece como uno de los momentos decisivos en el intento opositor de construir una alternativa competitiva frente a Cristina Kirchner.

En aquel mayo de 2011, Alfonsín buscaba consolidarse como principal figura opositora tras haber ganado la interna radical y luego de la declinación de Julio Cobos a competir por la Presidencia.
El dirigente radical entendía que necesitaba construir una coalición amplia para enfrentar a un oficialismo fortalecido, especialmente después de la recuperación política del kirchnerismo tras la muerte de Néstor Kirchner en octubre de 2010.
La estrategia incluía dos pilares: por un lado, sumar al socialismo y al GEN de Margarita Stolbizer en un frente progresista nacional; por el otro, alcanzar competitividad en la provincia de Buenos Aires mediante un acuerdo con De Narváez, quien conservaba peso electoral tras haber derrotado al kirchnerismo en las legislativas bonaerenses de 2009.
Ese doble armado generaba fuertes resistencias dentro del socialismo, que veía incompatible un proyecto progresista con la incorporación de sectores del peronismo disidente.
Frente al deterioro de las negociaciones, Alfonsín difundió una carta abierta dirigida a “amigos y amigas”, en la que intentó bajar el nivel de confrontación y defender su estrategia electoral.
“Tenemos pendiente, con el socialismo y el GEN, finalizar el diseño de un Frente Progresista. Les pido que asumamos como naturales las controversias sobre los modos de construcción”, planteaba el dirigente radical.
En el texto, Alfonsín reclamaba evitar “prejuzgar intenciones negativas” respecto de las conversaciones políticas y sostenía que todas las fuerzas involucradas compartían “un patrimonio común de historia y valores”.
El mensaje buscaba transmitir que la prioridad debía ser construir una fuerza con capacidad real de disputar el poder y no limitarse a una experiencia “meramente testimonial”.
“Sin ceder nada en el plano de los principios, ni abandonar en el de la voluntad de ganar”, afirmaba el candidato radical, que intentaba equilibrar identidad progresista y pragmatismo electoral.

Mientras Alfonsín trataba de sostener el delicado equilibrio opositor, Binner endurecía públicamente su posición.
El gobernador santafesino venía fortalecido tras la victoria de Antonio Bonfatti en las primarias del Frente Progresista de Santa Fe y consideraba que el socialismo debía preservar una identidad claramente diferenciada.
“Si la definición es tener que pactar con De Narváez o con Macri, bueno, no cuenten conmigo”, advertía Binner en declaraciones periodísticas.
El dirigente socialista argumentaba que no quería construir una alternativa que terminara pareciéndose a las experiencias opositoras que sólo se unían “por el espanto” contra el oficialismo.
En ese contexto, sectores cercanos al socialismo, como Luis Juez, elevaron aún más la tensión interna.
Ese mismo 26 de mayo, Luis Juez lanzó durísimas declaraciones contra Alfonsín y cuestionó su capacidad de gestión.
“No ha administrado ni un kiosco en la peatonal de Buenos Aires”, disparó el dirigente cordobés, quien además sostuvo que Binner no podía ocupar un rol secundario en una eventual fórmula presidencial.
Juez defendía el perfil de gestión del gobernador santafesino y advertía sobre los riesgos de construir alianzas únicamente para enfrentar al kirchnerismo. Incluso evocó la crisis de 2001 y el final del gobierno de Fernando de la Rúa como antecedente negativo de acuerdos políticos sin cohesión.
Las declaraciones reflejaban el creciente malestar de sectores progresistas con la posibilidad de compartir espacio con De Narváez.
Lejos de bajar el perfil, De Narváez salió a respaldar públicamente a Alfonsín y a reclamar unidad opositora.
El dirigente bonaerense sostuvo que trabajaría para que el radical fuera “el próximo presidente de la Nación” y pidió evitar “personalismos” y “descalificaciones”.
También insistió en que era “un momento de sumar y no de dividir”, mientras intentaba convencer al socialismo de aceptar una construcción más amplia.
Para De Narváez, la prioridad era ofrecer una alternativa “moderada y moderna” frente al kirchnerismo, al que acusaba de ejercer el poder con “soberbia y autoritarismo”.
La disputa terminó marcando el futuro de la oposición en 2011. Finalmente, Binner rechazó integrar una fórmula con Alfonsín y compitió por separado con el Frente Amplio Progresista.
Alfonsín, en tanto, avanzó con el acuerdo bonaerense junto a De Narváez, una decisión que provocó fuertes cuestionamientos internos y debilitó la posibilidad de un frente opositor unificado.
En las elecciones presidenciales de octubre de 2011, Cristina Fernández de Kirchner obtuvo una contundente reelección con más del 54 por ciento de los votos. Binner terminó segundo y Alfonsín quedó relegado al tercer lugar.
Aquella carta pública del 26 de mayo quedó así como el reflejo de un intento desesperado por evitar la fractura opositora y sostener un armado político que terminó en un rotundo fracaso.